Helena sacó el diario como si le costara algo físico entregarlo, un delgado libro de cuero que claramente había llevado consigo más tiempo del que quería admitir.
Reconocí la letra de mi madre antes incluso de abrir la portada, pequeña e inclinada, la misma mano que había escrito listas del supermercado y tarjetas de cumpleaños y notas apresuradas dejadas en la barra de la cocina diciéndome que llegaría tarde a casa.
Dudé antes de abrirlo. Una vez que leyera lo que fuera que estuviera adentro,