—Muy bien, señor Lloyd, me pondré en contacto con el jefe de obra —dijo Leonard con voz firme al finalizar la llamada.
Al colgar el teléfono, una oleada de reflexión lo invadió. Se recostó en la silla, dejando que sus largos dedos tamborilearan rítmicamente sobre la superficie pulida del escritorio. La oficina estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado, y en esa quietud, sus pensamientos se volvieron hacia su interior.
Enviar a Daniella de vuelta a la ciudad había sido