iv

     En medio de un recuerdo difuso donde las fantasmales ánimas de una vida imposible se vuelven tan reales que casi son tangibles, Candy escucha un rasposo tañido amorfo, que como en un doliente tirón la empujan y la llevan a la realidad, robando el alivio de la ensoñación; lentamente abre los ojos, escuchando la chirriante perorata de una monótona campanilla, enturbiada estira la mano buscando su pequeño banco donde acostumbra poner el teléfono, solo el intento desata el punzante dolor en la nuca, que la hace remitir y se encoge apretando los ojos buscando alivio.

—¿Estás bien?

     Se oye una voz complaciente que bien ella conoce, pero no identifica.

—Duele —replicó en un gemido —duele mucho.

     Respondió en un lamento mientras a traspiés trata de abrir los ojos.

—Sí, bien —respondió la voz —no te has tomado la medicina para el dolor.

     Las imágenes confusas, que lentamente parecieron tomar sentido, dibujaron una habitación que reconoció y al mismo tiempo le era completamente ajena; fue el rasposo olor a cuero y cartón, que ordenaron sus ideas en que finalmente se ubicó y reconoció la voz.

—Eres el conserje.

     Replicó buscando las toscas facciones indiferentes del hombre, que hasta entonces había fungido de protector y centinela.

—Hou…,ya te dije que me llamo Adrián.

    Respondió con calma, al tiempo que Candy se incorporaba con doliente parsimonia, buscando su pequeño teléfono que hasta ese momento no dejaba de sonar la monótona campanilla.

—Si —contestó hastiada, mientras digitaba con violencia sobre el teléfono haciéndolo callar —y yo te dije que ese nombre es estúpido.

     Adrián la miró con desgano mientras buscaba sentido a las palabras, en tanto ella con indiferencia buscaba su chamarra y trataba de ponérsela.

—Hou, ¿cómo es que un nombre es estúpido?

     La pregunta, como ya se hacía costumbre, pareció fuera de lugar convirtiéndola en mofa, no obstante, solo ver la mirada impávida de Adrián la convenció como siempre que la pregunta era genuina.

—No lo sé —respondió Candy ajustando la chamarra al tiempo que se ponía de pie —suena como si estuvieras tirando baba.

     Una vez más Adrián la miró incrédulo, mientras ella buscaba en su entorno distraída sin hacer caso.

—Hou, ¿baba?

     Exasperada ella le miró solazada mientras se aproximaba a la mesa.

—Sí, ya sabes, cómo los tarados que están con la boca abierta mirando el aire y que tienes que darles de comer en la boca como si fueran bebés.

    Decía al tiempo que se colgaba el pequeño bolso y se acomodaba la muy entallada chamarra; mientras Adrián distraído cavilaba las palabras tratando de imaginar enlazando la comparativa a su nombre.

—Hou —respondió divertido —O sea mi nombre te recuerda a un deficiente mental.

     Ella no prestó atención a las palabras de Adrián, que al parecer estaba feliz de entender y miró a Candy buscando aprobación a su descubrimiento, ella a su vez miraba el entorno mientras revisaba el departamento de Adrián escudriñando con detalle meticuloso, finalmente dirigiéndose a él le miró extrañada.

—Y tú, ¿dónde dormiste?

    Adrián que no esperaba la pregunta, por un segundo la contempló sin expresión, de inmediato regresó a su habitual indiferencia, mientras se sentaba en una silla junto a la mesa.

—Yo no dormí.

—¿Qué?

     Respondió Candy atónita, mientras al igual que él se sentaba en la orilla de la cama.

—Yo te tenía que cuidar.

—¿Qué?

—No te podía cuidar si estaba dormido.

    Candy asustada se imaginó la escena, donde ella inerme, descansaba expuesta a cualquier tipo de perversa violencia.

—Y, ¿te sentaste a verme?, ¿toda la noche?

     Adrián lejos de tomarlo personal, le miró con calma mientras recapitulaba mentalmente.

—No —respondió impasible —me senté a leer, además cuando más has dormido un par de horas, la mayor parte de la noche te la has pasado regañándome.

—¿Regañándote?

     Respondió Candy boquiabierta, bien Adrián parecía indolente lejanamente algo en sus ojos daban la sensación de molestia.

—Si —respondió aburrido —primero fue lo de la farmacia, que me tardé demasiado, después las llaves que debían estar marcadas, después los trastos, que no los lavé, después la cam…

—¡Ya entendí! —gritó Candy disgustada —bien, ¡ya no te voy a decir nada de tu estúpida casa!, ¡ya me voy!, ¡ya no tienes que cuidarme!

     Despotricó Candy al tiempo que se ponía de pie y se dirigía a la puerta, pero se detuvo al ver que los cerrojos con llave le impedirían salir; quizá fue eso o tal vez fue que entendió la necedad en sus actos, como la imperturbable indiferencia de Adrián, que al igual que ella se había levantado, buscando con calma dentro de sus bolsillos las llaves.

—Tengo que cerrar por seguridad.

     Contestó él con impasible naturalidad y con la precisión de la costumbre, liberaba los cerrojos; Candy no hizo nada por impedirlo en lugar de la impaciencia propia en ella, reculó y dio un paso atrás, al tiempo que bajaba la cabeza con timidez.

—Disculpa —murmuró con tristeza —no debí gritarte, es que, estoy tan cansada, y el golpe me duele cada que muevo la cabeza.

   Adrián la miró con parsimonia por un segundo y con perene indolencia trastabilló mirando los cerrojos regresando la vista de inmediato a ella.

—Hou, ¿entonces no te vas a ir?

     Ella levantó la vista, abrió los brazos dejándolos caer de inmediato a su costado, en un tono sesgado a mitad entre la impaciencia con desesperación, y sin querer simplemente se le escapó.

—Bueno, ¿tú eres idiota?, ¿por qué carajos te tengo que explicar todo?

     Adrián le miró sin pasión ni señal de emoción ninguna, en un limbo entre curiosidad y compasión.

—Hou, no —contestó con indiferencia —creo que lo que piensas es que tengo una disminución intelectual, pero en realidad se me puede considerar inteligente —después esgrimió con indolente parsimonia —mi afección es más emocional, se llama Asperger.

     Candy lentamente abrió la boca mirándolo con asombro, bufando buscó sin encontrar palabras, difusa en un vórtice de preguntas.

—¿Qué?

     Articuló a traspiés, mientras Adrián que le miraba extrañado a la pregunta de inmediato replicó con desdén.

—Hou, Supongo que no oíste —reclamó con calma al tiempo que tomaba aire para exponer de nuevo —yo creo que tu piensas que…

—No, no, no, si te escuché, es que entonces tu eres una especie de loco.

—Hou —respondió con apatía —nunca he entendido muy bien la acepción de la palabra, pero creo que piensas que soy peligroso, en realidad no creo que yo lo sea.

     Candy asombrada le miró con ternura y de nuevo como lo fue el día anterior encontró en sus ojos la belleza inherente a su corazón, sintió con todo su peso la vergüenza por el pecado del titubeo, desterró para siempre cualquier duda sobre la cálida transparencia de su alma, ya no hubo necesidad de salir, ambos se liberaron a una plática sin ambages ni mentiras, la realidad única es que a pesar de ser una simple excusa Candy en verdad estaba cansada y dolida, subida en un carrusel de emociones se contuvo con heroica paciencia y con mesura escuchó en un resumen la vida del que ahora era su amigo.

     Donde desde muy joven se le diagnosticó, condenándolo con ello, donde soportó vejaciones y segregación, en agresiones que iban de crueles burlas hasta frenéticos ataques físicos, que sufrió solo, ante la cómoda indiferencia de los adultos, que excusaban los moretones y cardenales, como bromas infantiles, pero que sobre llevo con el don de ser y estar para todos, sin distinguir, ni juzgar, entre agresores o compañeros, cuando fue requerido ayudó por igual y logró a través de años de tozuda perseverancia el nicho donde los compañeros amigos y familiares aprendieron a respetarle.

     Y como lo dijo, sobresaliente en sus calificaciones que eran siempre asertivas, siendo sistemático, mantuvo el nivel más que aceptable; su carácter afable sin buscar ni necesitar le trajeron entrañables amistades, que en retribución a su bondad consiguieron para él siempre un buen trabajo, que desempeñó con la simplicidad de la mecánica costumbre y sin ambición, manteniendo un reconfortante bajo perfil, como parte inherente de la convivencia, recibió consejo además de asesoría, sin alguien que custodiara su porvenir.

     Se hizo de un pequeño departamento, que ahora es su propiedad, con paciencia y tiempo, lo amuebló, lo alimentó con servicios de gas, agua electricidad e incluso en un acto vano, internet, que no ocupaba y un día después de años de trabajo, le dieron una medalla, una palmada en el hombro, le aseguraron una pensión y con ello lo jubilaron.

     Entró en la tediosa vida donde cada día era domingo, dormir sin despertarse al zumbido de la alarma, sin familia cercana, ni presión por el dinero, donde incluso sobraba, donde podría solventar sin problema cualquier contingencia; sucedió lo inconcebible, tal vez pasaron años antes de que entrara en cuenta, impropio a su enfermedad sintió el peso de la soledad y decidió buscar un trabajo, donde el roce cotidiano con las personas le hicieran sentir compañía, sin embargo su edad y condición mental lo redujeron a trabajos que simplemente nadie querría. Un bajísimo sueldo e incómodos horarios nocturnos, jornadas extenuantes, que para bien o para mal, era exacto lo que él buscaba.

     Como le ocurría siempre, apenas conocerlo fue objeto de todo tipo de abusos, que correspondió con la simple desidia, sin hacerse de amistad los compañeros aún los más insensibles lograron empatía y resolvieron considerarlo; tratarlo como igual, de nuevo inusual a su enfermedad y a la vista de sus experiencias, decidió buscar respuestas, quería entender las emociones más comunes, desenredar las ambiguas frases comparativas que en las más de las veces simplemente no tenían sentido.

     En su búsqueda no solo aceptaba las injusticias, las buscaba, de esa manera consintió los trabajos más pesados y sucios, fue así en una noche en extremo fría aceptó con agrado soportar una gélida tarea; entumido de brazos y piernas barriendo el portal de la tienda, vio a una joven prostituta, que enferma y desesperada buscaba un cliente, detrás de ella apareció otra más pequeña, que la rescató. En toda su vida jamás había visto eso, por primera vez se encontró de frente la más extraña de las emociones, compasión.

     Candy entonces vislumbró cómo funcionaba su sique y lo detuvo, era su turno, contó su historia, sin tener la entereza para rememorar el dolor se limitó a empezar al día siguiente, cuando al final de sus catorce años pasó a ser una paria, sola con hambre, durmiendo en callejones, ocultándose de aquello que significara peligro; ahí quizá aunque no pareciera, la vida le hizo su primer regalo, fue sorprendida por dos corpulentos hombres, abducida, sometida, encerrada, fue reclutada y junto a otras cinco chiquillas, la cuidaron, alimentaron e incluso le dieron atención médica.

     Así pagaron la única posesión que aún tenía, su dignidad, sin más piedad que una caricia en la mejilla, la prostituyeron; al igual que sus compañeras pasó por un larguísimo y traumatizante proceso, donde día por día era sojuzgada y violentada, pero a diferencia de aquellas, ella observó, experimentó, y fue capaz de entender, como pocas. Ella aprendió, su conocimiento le dio espacio de emancipación, logro días en que incluso podría decirse ser feliz y en medio de la dolorosa fetidez; entró en una cuotidiana placidez, de repente, de la nada, solo porque si, después de un día especialmente extenuante en algún punto de la madrugada la despertaron, de nuevo fue sometida y encerrada, sólo que ahora entre barrotes, excremento y orines, lejos de las que se podría entender como sus amigas.

     Con siete mujeres que en soez hostilidad la humillaron, cierto que físicamente no fue lesionada, pero hostigándola con medias verdades fue disminuida y sojuzgada, en dejación indefensa, para fines prácticos, estaba sola, la incomunicaron, de cuando en cuando entraban espectrales ánimas que parecían personas, en susurros le hacían preguntas del pasado, antes de ser prostituida. De nuevo, en medio de la viciada penumbra se desaparecían, tal vez pasaron horas, tal vez minutos o tal vez años, sola y aterrada se acurrucó en un pequeño rincón y lloró, lloró, lloró y lloró...hasta quedarse dormida.

     Fue en el crepúsculo del alivio en una ensoñación que una suave voz le llamó, en tono dulce la levantó, le abrigó y con paciencia le condujo a una enfermería, ahí la sentaron en un pequeño banco donde sucedió que nadie ultrajó su intimidad, ni fue manoseada con lesiva obscenidad, por primera vez en años sintió como ella y la integridad de su cuerpo era tratado con respeto. Una fresca marea la sensación de alivio llegó, se tranquilizó y como al despertar de una pesadilla, miró en su entorno, escuchando la pasiva voz de su interlocutor, fue hasta entonces que pudo discernir, lo primero que vio fue a una mujer, uniformada adusta que con afable paciencia le daba indicaciones.

     Sintió al fin el alivio de la misericordia y con serena calma, escuetamente le explicaron, en un operativo abrían capturado a sus plagiarios, que estaban buscando a los familiares de las jóvenes víctimas para regresarlas a sus familias, algunas como ella simplemente no tenían a nadie, la decisión era tajante y llana, aquellas que fueran menores de edad serian absorbidas por el sistema y recluidas en un orfanatorio.

     Con indolente indiferencia le dijeron que ella simplemente seria liberada, solo hacia un par de meses atrás habría cumplido la mayoría de edad, ella había estado encerrada más de cuatro años, la noticia atravesó su corazón y lo partió, su niñez se había ido en un soplo, ese fue el último golpe pero no lo lamentó, no tuvo la fuerza para una lágrima más, solo sonrió, permitiendo anodina la escrupulosa además de meticulosa auscultación, la oficial el solo verla lo intuyó, y comprendió, Candy devastada y vencida sin otro remedio que la derrota, permanecía erguida, vio en su mirada un fuego implacable, no, ni de lejos estaba vencida; tal vez fue por eso que en especial a ella, la interrogaron con meticuloso detalle y precisaron con detenimiento la maquiavélica operación de sus captores.

    Años más tarde aquella oficial la buscó solo para notificarle que ese testimonio habría sido eje y motor para la investigación, logrando el desmantelamiento quirúrgico de esa organización; esa confesión en su sique para Candy, fue una epifanía, pudo desahogar en voz alta su más profundo dolor, y se limpió. Ahora, endurecida y curtida estaba lista para enfrentar al mundo, erguida se detuvo a la puerta de la comisaría, no sabía qué hacer, no sabía que quería y aunque lo supiera no sabía cómo lograrlo, pero tenía la fuerza, ya no tenía duda, lo haría.

     Y la vida de nuevo le regaló con una discreta y malévola caricia en la mejilla, que le hizo voltear para ver pasar a una joven secretaria que llegaba tarde a checar, Candy ahora tenía una meta; empezó a correr y no habría forma de detenerla hasta llegar.

—Hou, no entiendo, ¿por qué dices que la secretaria es un destino?

—Sí, bueno, es como cuando buscas una dirección, pero no conoces la zona, de repente ves la calle que buscas y te sientes menos perdido.

     Adrián vacilante, le miró con mesura, y sonrió con alegría.

—¡Hou!, ¡ya! —respondió indeciso —o sea, ¿la secretaria serías tú? —Candy alegre movió la cabeza con orgullo al tiempo que se enderezaba ufanándose —¿pero sigues siendo una prostituta?

     Ella había aprendido ya que las preguntas no eran prejuicios ni acusaciones, eran solo genuinas dudas, sin perfidia ni dolo, sonrió con petulancia.

—Ya, sí, pero estoy estudiando —agregó vivaz al tiempo que de su bolsillo en el entallado traje extraía su teléfono —en cuanto termine podré hacer examen para una plaza y ser…. —se interrumpió al borde entre un grito y susto mientras se levantaba con prisa —¡carajo!, es tardísimo, hace rato que debía estar en la biblioteca.

     Diciendo esto y haciendo sin más, tomó el pequeño bolso, estirando la mano para abrir la puerta se detuvo sorprendida al ver su reflejo en el televisor.

—¿Pasó algo?

     Inquirió Adrián mirándola con curiosidad.

—No puedo salir así —respondió enturbiada mirando Adrián preocupada —parezco una puta.

     Él la miró sorprendido, tratando de razonar las palabras, pero sin encontrar sentido.

—Hou…

    Replicó Adrián buscando entender, aunque fue inmediatamente sofocado por Candy que negó inmediatamente la pregunta que casi era obvia.

—Sí, ya sé que soy una puta —interpeló —lo que quiero decir es que no puedo salir así porque van a pensar que voy a trabajar.

—Hou, ¿y te van a pedir servicio?

     Ella sonrió en una mueca de aprobación mientras se recargaba en la mesa, y balanceaba la cabeza analizando la situación.

—Si, algo como eso.

     Por unos segundos se miraron en vilo, como esperando que el otro solucionara el problema y fue Adrián el que por obligación dio la primera idea.

—Te puedo prestar un abrigo.

     Candy miró distraída a Adrián y replicó con alegría.

—Le hablo a Perla y que me traiga ropa.

     Respondió al tiempo que sacaba su teléfono.

—Tengo varios o tal vez un suéter.

    Contestó él acercándose al guarda ropa.

—No —agregó Candy en una mueca —de aquí a que llegue ya se me hizo tarde.

—Tengo esta chamarra —dijo Adrián al tiempo que sacudía una gran chamarra invernal —aunque vas a parecer esquimal.

—Ya se —sonrió Candy con malicia —espero a que llegue Perla, de aquí me voy, me baño, como, entrego los libros, de ahí al bar.

—¿Y sí? —decía Adrián mientras regresaba la enorme chamarra —mejor un suéter es más ligero, me regalaron varios, aquí tengo algunos que casi no uso.

—No, porque tendría que regresarme para cambiarme de nuevo antes de ir al bar.

—Puedes comer y bañarte aquí —interpeló Adrián al tiempo que desdoblaba un enorme suéter y lo sacudía frente a ella —y los libros los puedo entregar yo.

    Candy distraída negó ligeramente con la cabeza mientras manipulaba su teléfono.

—No como crees sol… —congelada, estupefacta se interrumpió frente al suéter lizo que sin estampado ni detalles en un verde opaco sostenía Adrián—¡que suéter tan horrible!, haber dámelo.

     La respuesta ambigua no definía si a ella le gustaba o no la idea del suéter, mientras se hacía de él y se lo ponía, Adrián la miraba incrédulo razonando y tomando sentido a las palabras.

—Hou, tengo otros si es que ese no te gustó…

     Candy lo miró admirada mientras se alisaba el pelo y alegre le miró con lástima.

—¿Qué?, pero si nadie me había hecho un regalo tan hermoso.

     Adrián serio y calmo, alzó ligeramente la cabeza hacia atrás mientras de nuevo incrédulo razonaba y tomaba sentido a las palabras.

—Hou, ¿Regalo?

    Entusiasmada mientras se arremangaba el enorme suéter que ya vestido holgado sobrepasaba las rodillas cubriéndola del todo, el género y color parecía un diseño explícito en un estilo europeo, que por supuesto la juventud y belleza de Candy, completaron el cuadro.

—Sí —contestó Candy —es muy bello —agregó con alegría mientras se acomodaba la pequeña bolsa y se prepara a salir —¿cómo me veo?

     Adrián sin asimilar, resignado comprendió que no vería su suéter de regreso, quiso seguir la secuencia y la miró por un instante, tratando de emitir un juicio.

—Te ves bien.

     Candy con fastidio alzó la mirada negando con ligereza al tiempo que se dirigía a la puerta para irse.

—Bueno la galantería no es lo tuyo verd…

Justo ahí sonó el timbre de su teléfono, solo verlo sonrió con alegría.

—Hou…

     Busco replicar Adrián, pero Candy le había perdido del todo la atención.

—Perla —reclamó abriendo la comunicación sobre el teléfono —o sea, ¿qué carajos te pasa? —preguntaba enardecida, mientras alaba la puerta para salir —cómo, ¿por qué? —insistió al tiempo que casi en un descuido regresó la vista para Adrián deteniéndose en el umbral de la salida —son niños, ¿sabes cuántos años le dieron a Lucy?, y eso que ni siquiera se desvistió —en ese momento cubrió con el micrófono con una mano estirando la otra y sonrió para Adrián mientras se acercaba un poco y al tiempo que lo abrazaba con una suave voz lejana le murmuró al oído —gracias.

     Así fue su primer día, apenas salió Candy retomó su vida, que salvo por la hora se podría considerar, cotidiana y con la premura impuesta, rápidamente se dirigió a su departamento que en comparación al de Adrián era muy pequeño; además y por fortuna no estaba lejos, quizá solo en diferente dirección a su entorno conocido, en pocos minutos habría llegado, ya cerca de su edificio de lejos una luz intermitente en azul y rojo le alertaron. Al acercarse como fue desde lejos pudo ver una patrulla y a dos mujeres que hablaban con dos oficiales, no era raro, la zona para decir lo menos era peligrosa, ella solo recordar la fría celda prefería mantenerse a raya y decidió no averiguar, ni de lejos, aun así, le fue imposible dejar de escuchar lo suficiente para saber que una de las habitaciones de ese edificio fue violentada.

     Nerviosa a traspiés abrió la puerta de entrada al edificio, con la premura del tiempo perdido corrió sin pensar a su puerta, ahí rápidamente y como autómata se desvistió, sin pensar se bañó, al salir descubrió con tristeza que no había sellado bien la cortina y su almohada estaba empapada, de lamentarse paso a un escueto desayuno pues el día anterior simplemente no había comprado nada, en sus prisa se saltó varios pasos, no se revisó, ni se puso crema, pero se tomó puntualmente el anticonceptivo, aunque ya era un poco tarde ella sabía que aun así era efectivo, ahorrando pasos y como no había preparado su ropa el día anterior, se vistió para la noche de trabajo, se puso el suéter que otrora pertenecía a Adrián, que en artimaña ahora era de ella y que pensándolo bien era un remedio, sencillo, para no regresar a casa para cambiarse.

     Se tomó diez segundos para reprenderse por no haberlo considerado antes, de ahí y con la misma prisa salió de nuevo, cargada con una mochila repleta de libros, buscando de reojo con tiente, vio que la patrulla ya se iba, eso la tranquilizó; así y en la inteligencia de que había sido seriamente mermado su gasto diario, decidió con pesar que sería mejor caminar, en paso firme, pero pesado caminó tan rápido como sus piernas lo soportaran, hoy como siempre acostumbrada al sesgado escrutinio de los transeúntes apenas y notaba las miradas que iban de la simple contemplación pasiva, a la más perversa lascivia; quizá fue que por eso que no prestó atención a la vigilante mirada de aquel joven que desde el día en que la conoció mantenía una centinela guardia en espera de la pequeña Candy.

     Pendiente para verla llegar a la biblioteca, pero por la hora él estaba cierto que ella ya no llegaría y aun así cada transeúnte era observado con detenimiento; el arribo de la distraída Candy sobre saltó al joven, que en realidad ya no la esperaba, así empezaron la cotidiana danza de cortejo, donde ella al igual que su infante acosador, busco con indiferencia estudiada su mirada solo para ignorarlo, bien ya era tarde y esta vez no se sentaría a su lado. Pasó directo al servicio de administrador de préstamo de libros, ahí encontró una fila que se extendía a más de diez minutos, resignada suspiró, se alisó el cabello, se recargó en la pared por donde se escurría la fila, la posición diagonal a la mesa del chico le hizo imposible continuar la silenciosa charla visual, renovando la ancestral danza de cortejo, que en ellos empezaba con cotidiana naturalidad y se saludaban con fría cortesía.

     Después con una casual apatía, cada uno revisaba los libros y apuntes del otro, que casualmente quedaban a la vista, después con una distraída indolencia se alejaban a buscar los libros para estudio de ese día, dejando sus cosas, incluso las más valiosas en custodia, al regresar cada uno encontraba en su mesa libros y referencias que le ayudaran, sí, Candy aprendió a depender de eso al punto que lo necesitaba, encontró un paliativo confort al pensar en Adrián, que hoy llego a su corazón e igual que aquel joven, sobrepuso un vendolete en las heridas más profundas.

     Por primera vez desde hacía mil años no se sentía sola, su pensamiento en fuga la distrajo, el tiempo se contrajo y al reaccionar se dio cuenta que prácticamente ya era su turno de atención en el mostrador, en un reflejo se inclinó a levantar la pesada mochila, sin saber en realidad como un par de libros se deslizaron por un costado con un ligero ademán de fastidio, los miró de lejos como deseando que levitaran y se posaran en su mano.

—Ya los tengo —se oyó una voz al tiempo que unas manos, de la nada aparecían y con amabilidad recogían los libros para ella —no los maltrates porque te multan si los entregas dañados.

     El chico que por semanas le había visto de lejos finalmente en este momento le hablaba de frente, anonadada ella se quedó sin habla, el por el contrario parecía triunfante y alegre, le sonrió con empatía.

—¿Cuántos libros entregas?

     Requirió el recepcionista, que urgía a la chiquilla estirando las manos, Candy alertada arrebató los libros al joven y volteando donde el recepcionista, acomodó lo más rápido que pudo en dos pilas los libros que de inmediato fueron pasados a proceso.

—Ocho —respondió Candy acomodándose un mechón de pelo tras la oreja —pero traje dos a renovación.

     El proceso rápido pero tedioso distrajo por un par de segundos a Candy que separó los libros de renovación, así mientras uno a uno era pasados al escáner ella se vio libre para voltear la vista al joven, pero era tarde, ese instante de distracción era suficiente, él ya no estaba a su lado, ni si quiera estaba en la biblioteca, él, se fue.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo