—¿Por qué te das tanta prisa? Puedes irte más tarde —le susurró al oído con la cabeza baja.
Sylvia se estremeció. Trató de alejarlo, pero sus brazos se sentían débiles como si su susurro le hubiera robado su fuerza.
Ella dijo en voz baja:
—Odell, ¿podríamos irnos a casa primero? La mesa es demasiado dura…
Ella no quería hacerlo aquí pero su rechazo carecía de fuerza. En cambio, sonaba más como una invitación con un toque de suavidad.
Antes de darse cuenta, la levantaron y la llevaron