La opresión en mi pecho no disminuyó, ni siquiera después de que Ace saliera de la habitación. Su presencia había transformado la presión en algo manejable, como una tormenta contenida tras un cristal reforzado, pero no desapareció. Me senté en el borde del sofá, con Alice tarareando suavemente a mi lado, con su rompecabezas a medio terminar, y me permití respirar por primera vez en todo el día.
La advertencia de Willow aún resonaba, un veneno sutil en mis venas. No la gritó, no fue dramática,