3. Todo por ella

La casa estaba en silencio cuando volvió.

Le costaba respirar con cada paso que daba, pero al menos ya tenía más conocimiento que hace unas horas.

Ahora quizás ya podría enfrentarse a su nueva vida.

Una vida en la cual su matrimonio estaba casi oficialmente acabado.

Al acercarse, divisó una luz en medio de la sala todavía encendida.

Era algo extraño, ya que él solía no estar por las noches.

De pronto, su voz llenó el vacío.

—¿En dónde estabas, Beth? —había algo de dureza en su tono, pero lo desestimó.

—Salí a caminar, Dominik. ¿No crees que eso es algo normal, teniendo en cuenta la situación?

Estuvieron cara a cara cuando ella se paró enfrente de él. Sus ojos fríos como el hielo la taladraron en su sitio.

—No puedes dar de qué hablar en los medios, aunque dejemos de ser marido y mujer debes mantener una imagen intachable.

Alzó una ceja, inquisitiva.

—¿Es esa una orden o una sugerencia? —preguntó con ironía.

No se esperaba que él se levantara tan rápido, así que trastabillo para alejarse.

—¡ES SENTIDO COMÚN, ANNABETH! —gritó con furia.

Abrió los ojos.

Dominik jamás le había gritado en todo su miserable matrimonio, aquello le caló hondo en el corazón.

—Si no querías ser mi esposo, entonces no debiste casarte conmigo —susurró con dolor—. Ya no soy tu secretaria para que me trates así.

No soportaba más, ya había alcanzado el umbral de las cosas que le permitiría a su marido.

Su risa fue amarga como la mirada que le dirigió.

—Tú más que nadie lo sabe, ¿no? Jamás tuve opción, si no fuera por mi familia...

Tragó saliva y negó con la cabeza.

—No, esto no es por tu familia. Esto es porque deseabas más el poder que tu supuesto amor por ella. Dime, Dominik —respiró profundo, porque se estaba armando de valor—, ¿cómo puedes decir amarla más que a nada, cuando al parecer sí tenías un precio?

Esperaba un arrebato de su parte, pero no recibió nada más que una profunda mirada aún más llena de resentimiento si es que era posible.

—No puedo creer esto. Pensé que eras más inteligente, pero me demuestras lo contrario.

Camino al bar de la cocina y se sirvió un vaso de ron, el cual engulló con rapidez.

—Sabes que el apellido Blake a perdurado por generaciones, casi como de la realeza. En nuestra familia el honor de llevarlo y seguir volviéndolo fuerte es más importante que nada, incluso del amor —relató, mirándola de forma burlona—; oh, disculpa, sé que tú personalmente no entiendes nada sobre el legado familiar.

Beth entendía el trasfondo de lo que dijo.

Ella había llorado en su hombro en sus momentos más vulnerables, revelando la realidad que vivía en casa.

No esperaba que se lo tirase encima para hacerle más daño.

—Pues es claro que somos distintos. Yo jamás eligiría algo tan banal como el vacío del dinero. Pero supongo que no debería sorprenderme viniendo de ti —suspiró—. Dices que mantenga una "imagen intachable", pero tú me has sido infiel. ¿Está bien si manchas nuestra imagen, pero si lo hago yo está mal?

Ambos se miraron fijamente en un duelo de miradas, había tocado un punto clave y él estaba consiente de eso.

Se negaba a que quisiera echarle la culpa si las cosas iban mal, ¡porque quien los puso ahí en primer lugar, fue él!

Entonces otro sonido llenó la estancia, era el teléfono de Dominik.

Lo más seguro es que Isabelle estuviera llamándolo.

Rodó los ojos.

—Anda, corre. Te están llamando —espetó con sorna.

Con los ojos todavía clavados en los suyos, entrecerrados en su dirección, contestó.

—Dime, cariño.

Pensaba que ya no dolería más, pero sí podía.

Trató de aparentar indiferencia así que chasqueo la lengua con burla y comenzó a subir las escaleras.

—Sí, mi amor... El vestido que elijas se verá bien en ti. Serás una novia hermosa.

Siguió subiendo aunque aquello le hizo tensarse de pies a cabeza.

En un arrebato de ira, azotó la puerta de su cuarto en cuanto llego. Ambos ya dormían en cuartos separados.

«Todo por ella», pensó con amargura.

Con gran pesar, se sentó en la orilla de la cama y comenzó a quitarse los zapatos, pensando en cuál sería su siguiente movimiento a partir de ahora.

No podía tomar decisiones precipitadas, o su familia jamás la dejaría en paz.

Durante esos cinco años de matrimonio, fueron un poco más tolerables sus encuentros, debido a su ahora posición como la esposa del heredero de los Blake.

Si se divorciaba, definitivamente ella sería la única culpable, además, no la dejarían volver a casa, eso estaba descartado.

¿A dónde iría, qué haría?

Desde luego que tenía objetos de valor guardados, una carrera y mucho aplomo de por medio.

Pero debía evitar el mayor daño posible, ya que eso definiría su futuro.

Si ella solicitaba el divorcio y se iba, quedaría manchada en la sociedad, y su familia jamás se lo perdonaría. Pero si él le tiraba los papeles a la cara, las cosas serían distintas.

O bien le echaban la culpa a ella por no poder retener a su esposo, o lo señalarían a él por no poder mantener a su esposa bajo control.

En todo caso, siempre sería señalada.

De pronto, su teléfono vibró con un mensaje:

«¿?»

Fue lo único que decía, pero reconocía el número de su cuñado. Frunciendo el ceño, tecleo un rápido: «Estoy bien, gracias, Sam».

Y luego estaban las emociones que su cuñado creaba en ella, con solo una mirada suya la tenía hecha un charco a sus pies, cosa totalmente distinta de su marido.

Uno le provocaba pensamientos pecaminosos, y el otro pensamientos asesinos.

Estaba demasiado confundida como para tomar decisiones precipitadas.

Se desvistió casi sin pensar, tenía la mente en blanco acerca de lo que quería hacer, pero si corazón y alma le gritaban: «Venganza».

Si le daba el tiempo suficiente, quizás su mente se pusiera de acuerdo con su corazón.

Tragó saliva.

Todo en su vida era complicado, desde que nació era así. Pero haría lo posible por arreglarlo, se lo debía así misma.

A su yo del pasado a la que permitió ser tratada como basura.

A su yo del pasado que seguía estando dentro de ella, derramando lágrimas por todo el daño que había recibido.

Y porque su yo del futuro merecía un mejor pavimento sobre el que labrar su camino.

Se miró al espejo.

El paso de los años siendo una chica enfermiza habían cobrado aún más factura cuando se convirtió en la esposa de Dominik, porque estaba delgada y sin curvas.

Después del primer año de matrimonio todo cambió. Jamás la llevaba de paseo, ni le saludaba.

Prácticamente vivía como si ella no existiera, así que comprendió que cuando obtuvo lo que él necesitaba de ella, la dejó a un lado para el momento en que pudiera volver a servirle.

Ató todos los cabos en su cabeza y tomó una decisión.

El primer paso al cambio estaba en sí misma.

Necesitaba seguridad, y para tener seguridad realmente debía tener algo con lo que alardear.

Para su plan iba a requerir dinero.

Sabía perfectamente que su esposo jamás le daría ni un centavo, y su familia se había beneficiado de aquél matrimonio.

Todos excepto ella recibieron algo a cambio de su sufrimiento.

Cosecharían algo más que beneficios.

Su sangre y lágrimas habían sido la semilla, el dolor y la humillación fueron el abono... pero el néctar que beberían del fruto sería su veneno.

Miró sus ojos a través del espejo, y se sorprendió de encontrar una fría determinación en su mirada.

Le dolía darse cuenta de que ella había salido perdiendo todo: amor propio, dignidad, independencia... Y su corazón.

Le entrego su amor y a cambio él lo destrozó en miles de pedazos; así que estaba decidida a escupirle los restos a la cara.

Jamás le daría la oportunidad a nadie de jugar con sus sentimientos, jamás volvería a ser la presa.

Le sonrió a su triste reflejo.

—No nos han vencido, cariño. Solo nos han dado razones para destruirlos.

Abajo escuchó la puerta cerrarse y supo que él ya estaba en camino para ver a su amante.

Si lo pensaba bien, tenía una jugada que no podía desperdiciar: el hijo que ella esperaba no era de él.

Entonces pasó las siguentes dos horas stalkeando el perfil de ella, hasta que encontró cosas interesantes.

—¿Así que su mejor amigo, Isa? Eres peor de lo que imaginaba —murmuró con una sonrisa victoriosa.

Encontró más de lo que esperaba, pero solo un ciego no se daría cuenta de las señales.

Victor siempre reaccionaba a sus fotos en bikini o faldas diminutas, pero en las que salía con Dominik jamás lo hacía.

Y cuando buscó más minuciosamente, se percató de que ese era su perfil secundario, no el principal.

En ese no tenía agregada a Isabella... Y ahí lo supo.

Victor tenía bloqueado de su perfil secundario a Dom, y por eso dejaba entrever lo mucho que le encantaban las fotos descaradas de Isabella.

—Sería una lástima que alguien decidiera hacer uso de está información —susurró, con una idea maquiavélica urdiéndose en su cabeza.

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