—¡Maldición! ¡Hasta después de muerta...! —rugió con impotencia mientras Mar lo observaba desde el otro lado de la sala.
—¿Quieres...? ¿Estás bien? —le preguntó acercándose despacio y él se mesó los cabellos.
—¡No puedo creer esto! ¡Demonios, no tengo un día de paz!
Mar tomó su mano y la apretó,