Se llamaba “miedo”, y se apellidaba “desesperación”.
Jamás en toda su vida Kristoff Dragonov había sentido algo como aquello; era una especie de dolor sordo, un vacío detrás del corazón que hacía que sus ojos se desviaran entre Jana y el arma cargada que siempre tenía a un lado de su cama. Ni siqui