—¡Ya deja de decir babosadas, Gus! —lo regañó Alan pasando un brazo sobre sus hombros—. Si te invité fue para que ayudes, no para que vinieras a incordiar. Y yo no te amo secretamente, se lo digo siempre a todo el mundo, ahora ve, a la sala, vamos, empieza a beber ya.
Mar los miró durante un segund