—¿Cómo que un yeso, amorcito...? —Alan hizo un puchero.
—¡Un yeso, una camisa de fuerza, un maldit0 corsé, Alan! ¡Pero ahora sí no te vas a mover! ¡Si sabré yo que no te vas a mover que te voy a esposar a las cuatro patas de la cama y no para hacerte precisamente cariñitos! ¡Tú no me conoces, yo ya