La perspectiva de Rena
—¡Dios mío, Levi! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué eres tú el taxista? —pregunté, con la voz temblorosa y una mezcla de sorpresa y alivio. Me sequé los ojos con la mano, intenté arreglarme un poco y me aclaré la garganta de golpe.
Él salió del auto, me abrió la puerta y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Me aferré a él mientras salía del vehículo. Se había superado a sí mismo: jamás en un día normal habría usado un coche así, y debo admitir que me impresionó bastante.
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