Cuando mis ojos se abrieron una vez más, estaba en el hospital. Sabrina, que era una de mis compañeras en el lugar, estaba a mi lado. A las afueras de la habitación se encontraban los señores Johnson, por fin veía al señor estar fuera por sí mismo y no fingiendo no saber caminar, ni quejarse por el dolor inexistente de espalda. Los ojos del señor se posaron sobre los míos y tomando la mano de su esposa, se acercaron a mi cama.
—¡¿Cómo te atreves a hacer algo así?! — se quejó el señor Johnson m