Punto de vista de Elara Vane
El silencio solo duró un segundo, o quizá dos. Lo suficiente para que mis últimas palabras se asentaran como ceniza sobre el suelo brillante de la cámara del consejo. Lo suficiente para que mis ojos se cruzaran con los de Esteban y viera, solo por un instante, que lo había hecho tambalearse.
Y entonces, empezaron los gritos. Todos a la vez.
No fue como un crescendo, ni como un murmullo que se convierte en tormenta... no. Golpeó como un trueno. Un segundo había si