Elizabeth Western
Estaba sentada en la orilla de la cama de la abuela, tenía en mis manos una de sus frazadas que tanto adoraba, las acaricié con la yema de mis dedos y recordé la primera vez que la trajo de su viaje de París, había dicho que, aunque no era una de sus ciudades favoritas, tenían buenas cosas y entre ellas, esas frazadas que solía cargar con ella en sus viajes. Cerré los ojos y las lágrimas se deslizaron, no había podido dormir desde esta madrugada. Los recuerdos me golpearon una