Sus dedos fríos y delgados le acariciaron las cejas, como si intentara alisar las arrugas que las rodeaban. Sus labios húmedos se acercaron cada vez más, y finalmente besaron los ojos que la miraban, quemando suave y fervientemente cada uno de sus órganos sensoriales.
¿Quién me tomará de la mano y evitará que me vuelva loco por el resto de mi vida?
¿Quién besará mis ojos y acabará con mi deriva por el resto de mi vida?
¿Quién acariciará mi rostro y calmará la tristeza en el resto de mi vida?