Esmeralda
El frío calaba en los huesos. Habíamos estado vigilando por horas; no quería irme a casa, pero tampoco quería ser una simple espectadora. Por ello, luego de un rato, me retiré a la habitación de mi esposo. Él estaba feliz de tenerme allí y yo disfrutaba dándole el gusto; incluso habíamos comido juntos, pero en el momento en que se durmió, salí en busca de un café.
—Néctar delicioso —murmuró Zafiro, quien extrañamente ese día quiso acompañarnos—. ¿Cómo está él? —preguntó sin quitar la v