Início / Romance / EL PRECIO DE MIRARLA / DONDE EMPIEZA EL JUEGO
DONDE EMPIEZA EL JUEGO

DONDE EMPIEZA EL JUEGO

[JULIAN]

No soy el único que la está mirando.

Eso se percibe antes de confirmarlo, en la forma en que el ambiente se ajusta apenas lo suficiente como para no ignorarla del todo, aunque nadie cometa el error de hacerlo de forma evidente. No la siguen con la mirada, no la invaden, pero tampoco la pierden de vista.

Saben lo suficiente como para no hacerlo.

Eso debería bastar para que yo también lo entienda.

No lo hace.

Porque, por alguna razón que no termino de justificar, mi atención no se mueve.

La veo antes de darme cuenta de que viene hacia mí.

No hay un gesto que lo anuncie, no hay un cambio brusco que rompa la continuidad del lugar. Simplemente ajusta la dirección, y el espacio se abre a su paso sin resistencia, como si ya estuviera previsto.

No se detiene.

No duda.

Y en algún punto entre donde estaba y donde estoy, se vuelve imposible fingir que no es intencional.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

Es un ajuste mínimo, casi imperceptible, pero lo siento con claridad. La tensión aparece donde antes no había nada, la respiración cambia lo justo, y mi atención se fija en ella como si el resto del lugar dejara de importar.

No es algo que controle.

Eso no me gusta.

Cuando llega a mi lado, no invade el espacio, pero tampoco lo respeta del todo. Se coloca lo suficientemente cerca como para que su presencia deje de ser una idea y se vuelva algo físico, algo que se siente incluso sin contacto.

El reflejo en el vidrio frente a nosotros la muestra antes de que tenga que girarme por completo.

Y ahí—

la veo de verdad.

El vestido negro se ajusta a su cuerpo con una precisión que no parece exagerada, pero tampoco deja nada al azar. No es corto ni provocativo en el sentido obvio, pero la forma en que sigue sus curvas hace innecesario cualquier exceso. Marca lo suficiente para entender lo que hay debajo, sin ofrecerlo completamente.

Eso es peor.

Eso obliga a mirar.

El tejido se mueve con ella, adaptándose a cada paso, delineando la cintura, cayendo con suavidad sobre las caderas, manteniendo una línea limpia que no busca llamar la atención… pero lo hace igual.

Su cabello caoba cae sobre los hombros en ondas suaves, con ese tipo de desorden que no es accidental. La luz lo atraviesa en ciertos ángulos, revelando tonos más cálidos que desaparecen cuando se mueve, como si no estuvieran hechos para quedarse demasiado tiempo.

Pero no es solo cómo se ve.

Es cómo lo sostiene.

Hay una seguridad en la forma en que se mantiene, en cómo no ajusta nada, en cómo no corrige ni una sola línea de su postura. No está pendiente de cómo la ven.

Da por hecho que la están mirando.

Y eso cambia todo.

Cuando finalmente giro lo suficiente para enfrentarla, la distancia ya no es neutral.

Sus ojos, ese verde que desde lejos ya imponía, de cerca no dejan espacio para interpretar mal. No invitan. No buscan. Se sostienen, directos, midiendo sin necesidad de disimularlo.

No es una mujer que atrae.

Es una mujer que decide cuándo alguien queda atrapado.

Y en este momento—

soy consciente de que ya pasó.

—No todos los hombres que entran aquí saben realmente por qué lo hacen —dice, con la voz baja, lo suficiente para que solo yo la escuche, como si la conversación hubiera empezado antes de que yo decidiera participar—, aunque casi todos creen que sí.

No hay presentación.

No hay introducción.

Eso también es intencional.

La observo un segundo más de lo necesario, no por indecisión, sino porque algo en su forma de hablar no encaja con la casualidad.

—Supongo que depende de lo que esté en juego —respondo.

Su mirada no cambia, pero su atención se vuelve más precisa, como si la respuesta confirmara algo que ya había considerado.

Se inclina apenas, reduciendo la distancia sin tocarme, pero lo suficiente para que la cercanía deje de ser neutral.

La reacción es inmediata.

No visible.

Pero real.

—Aquí siempre hay algo en juego —dice—. La diferencia es si entiendes qué es.

Y entonces lo hace.

—Morel Capital —añade, sin variar el tono—. No suele moverse sin tener control sobre el resultado.

No hay forma de que eso sea casual.

La miro directamente.

Ahora sí.

—Eso depende de quién esté moviendo las piezas —respondo.

—Exactamente —dice, y la leve curva en sus labios no llega a ser una sonrisa, pero tampoco pasa desapercibida—. Y en tu caso… no eres tú.

El golpe es limpio.

Preciso.

Y demasiado bien colocado.

No aparta la mirada. No necesita ver mi reacción para saber que la ha tenido.

Y la ha tenido.

—Entonces ya sabes por qué estoy aquí —digo.

No tiene sentido fingir lo contrario.

Me observa un segundo más, y esta vez no es solo análisis. Su mirada baja apenas, lo suficiente para recorrer sin disimulo lo que tiene delante, evaluando algo que no nombra.

Lo nota.

Mi postura.

La tensión contenida.

La forma en que no me aparto.

No dice nada.

Pero lo registra.

—Esto no se resuelve aquí —dice finalmente—. No en medio de la sala.

Se aparta apenas, lo suficiente para obligarme a decidir.

—Ven conmigo.

No es una invitación.

Tampoco es una orden.

Es algo que asume que voy a aceptar.

Y lo hago.

La sigo.

El cambio de espacio es inmediato. El ruido se diluye, la luz se vuelve más cerrada, más íntima, y la sensación de estar entrando en algo que no debería ser accesible se vuelve más clara.

Un salón privado.

Aislado.

Sin interrupciones.

Sin testigos.

Ella entra primero.

Yo cierro la puerta.

El silencio cambia.

Se vuelve más denso.

Más real.

Se gira hacia mí con la misma calma con la que ha hecho todo hasta ahora, como si este momento fuera exactamente donde quería llevar la conversación desde el principio.

—Aquí es donde empiezan las conversaciones reales —dice.

No hay suavidad.

No hay rodeos.

—Si estás aquí, es porque necesitas una solución —continúa—. Y yo puedo dártela.

La forma en que lo dice no deja espacio para duda.

No es una posibilidad.

Es un hecho.

—¿A cambio de qué? —pregunto.

Su mirada no se aparta.

Ni un segundo.

—Eso es lo que vamos a negociar.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App