“Joder,” gruñó, volteando mis muñecas e inspeccionando las marcas y los cortes en ellas. “Deberías haberte quedado quieta. ¡Mierda!” Saltó de la cama hacia su alta cómoda, rebuscando a toda prisa, buscando algo. No tenía idea de qué. Pero en un abrir y cerrar de ojos, estaba a mi lado, tomando mis manos con cuidado, como si se fueran a romper si apretaba demasiado. Hice una mueca cuando aplicó el bálsamo frío sobre mis cortes ardientes.
“Lo siento mucho, bebé.” Estaba sosteniendo mi rostro y ac