Me miró fijamente, pronunciando cada palabra lenta y pesadamente.
Se suponía que era un discurso apasionado.
Pero no le creía.
—No es que no puedas vivir sin mí, es que todavía quieres que te done sangre para salvarte la vida —respondí con frialdad.
—No es así... —Antonio negó con la cabeza, mirándome con creciente sinceridad—. Mi enfermedad está casi curada... En realidad, antes del Año Nuevo fui a Suiza para tratarme. Han desarrollado una nueva tecnología específica para mi tipo de enfermedad