—No, yo tampoco.
Su tono se volvió más autoritario:
—¿Quieres que envíe a alguien ahora mismo?
Abrí la boca, sosteniendo el teléfono sin saber qué decir, y finalmente, resignada, rectifiqué:
—Está bien... tengo un pequeño rasguño en el brazo, ya lo traté, con un par de curitas es suficiente.
—¿Solo un rasguño?
—Sí.
—¿Estás en el taller o en tu casa?
—En el taller.
—Regresa a casa, no sigas trabajando, asegúrate de cerrar bien puertas y ventanas, y si hay alguna emergencia, llámame y yo me encarg