Todavía recuerdo el momento exacto en que decidí dejar de fingir que podía sola.
Era un jueves lluvioso de finales de otoño. Los zapatos me estaban empapados del camino a casa, el teléfono mostraba un saldo negativo y el casero había dejado otro recordatorio educado pero firme pegado en mi puerta. Tenía veintitrés años, ahogada en préstamos estudiantiles, y lo único que me separaba del desalojo era otra semana de dobles turnos en el café.
Esa noche descargué una app. Era una de las que mis amig