Aunque sabía que Lucas le ponía el abrigo solo a petición de Isabel, tal gesto tan romántico, similar al de dos amantes, llenaba a Silvia de una satisfacción sin límites.
No podía evitar saborear ese momento de gloria. Él era el hombre que había perseguido por tanto tiempo, incluso un destello de su ternura podía hacerla sentir como si volara en el cielo.
Después de un rato, Silvia dejó a regañadientes el abrigo en su mano y comenzó a vestirse lentamente.
Ya que había cerrado la puerta con llave