Violeta agarró la mano de Diego. —Hermano, no puedes actuar impulsivamente. No sabemos aún el alcance de la gravedad de la cuñada. ¡Debes dejarla con vida!
Diego miraba a Clara tendida en el suelo, y la furia hacía que las venas de su mano se hincharan. Sujetaba el arma con fuerza, deseando acabar con aquella mujer demente de un disparo.
¡Esta loca!
Al ver que la mano de Diego iba cediendo, Luna supo que había ganado su apuesta.
Lo que más le importaba era huir, y Clara era la llave.
¿Cómo iban