Con un brillo radiante, le arranca el trozo de seda roja del dedo y lo aprieta hasta formar una bola dentro de su puño cerrado. —Por favor, finge que no lo viste—. Su mirada va y viene entre mis tres hermanos, que la miran fijamente.
Max levanta las manos en un gesto de rendición. —No tengo ni idea de a qué te refieres—.
—Genial. —Entra al ascensor y aprovecho el momento para revelarme y despedirme.
Su rostro palidece cuando me detengo justo al salir de la puerta. Cruzo los brazos, planto los