Media hora después, el vehículo de Sebastian se adentró en los terrenos de una propiedad privada, un refugio moderno y apartado que él había adquirido recientemente y en el que Cassandra jamás había estado. En el asiento trasero, Cassandra parpadeó pesadamente, vencida por el cansancio. El auto se detuvo con suavidad y Sebastian se giró hacia ella, estirando el brazo para sacudirla con delicadeza. —Hemos llegado. Despierta, ya estamos en casa —le dijo con una sonrisa comprensiva. Ella se incorporó despacio, frotándose los ojos, todavía con la voz pastosa y los pensamientos nublados por el sueño. —Lo siento... No quise quedarme dormida de esta forma —murmuró apenada. —No te preocupes por eso. Estás agotada, es completamente normal —respondió él con total suavidad. Cassandra hizo el amago de abrir la puerta. —Iré por el niño. Lo bajaré y lo llevaré a la cama a dormir de inmediato. Sebastian la detuvo con un gesto de la mano, negando levemente con la cabeza. —Pesa bastante, ya n
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