Amara se marchó el domingo; Reed lo confirmó a las once de la mañana. Hoy hizo el *check-out*. Vuelo a Londres a las dos. Ya se ha ido. Nadia leyó el mensaje en la mesa de la cocina.Dejó el teléfono, lo volvió a coger y lo leyó otra vez.Luego lo puso boca abajo, terminó su café y se quedó sentada en esa quietud de domingo por la mañana que acababa de adquirir un matiz nuevo, distinto al silencio de los últimos diez días.Se lo enseñó a Kai cuando él salió del dormitorio.Él lo leyó, dejó el teléfono y se quedó mirándolo fijamente.—Bien —dijo él.—Sí —respondió ella.Él se sentó frente a ella y se preparó café. Permanecieron juntos, en silencio. No hacía falta hablar; bastaba con el silencio que surge cuando dos personas han superado algo y ahora se sientan a disfrutar del alivio que eso conlleva.Al mediodía, él dijo:—Vamos a caminar.Ella lo miró.—Tus costillas...—Están mejor —dijo él—. El médico recomendó movimientos suaves. —Le sostuvo la mirada—. Esto cuenta como movimiento
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