Cuando bajé las escaleras, vi que Lucía ya estaba sentada en uno de los sillones del salón. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y me recibió con una sonrisa cargada de segundas intenciones. No sabía exactamente qué la había traído hasta allí, pero podía imaginarlo: había venido a presumir de su embarazo.—Hermana, cuánto has tardado —se quejó, fingiendo un adorable puchero.—¿Por qué no viniste con papá hace un rato? Lo único que consiguen es interrumpir la tranquilidad de mis días —respondí mientras tomaba asiento en el sofá frente a ella.—Baja la voz, hermana. Hay mucha gente ahí fuera.Lucía llevó el dedo índice hasta sus labios.Al escucharla, dirigí la mirada hacia la ventana. Entonces vi el reflejo de varias personas sosteniendo cámaras.—¿Has traído a la prensa? —pregunté, sobresaltada.Lo más irritante fue que Lucía se limitó a reír.—Esta es la casa de otra persona. No puedes venir acompañada de toda tu comitiva como si nada —la advertí.—No fue mi intención. Cuando sal
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