(Narrado por Iker Moretti)El rugido del motor de mi deportivo negro contra el asfalto mojado de la autopista a Turín era lo único que lograba acallar el ensordecedor silencio que se había instalado en el habitáculo. Conducía con una fijeza asesina, con los nudillos de ambas manos apretados contra el cuero del volante hasta que la piel se me ponía blanca y las articulaciones me crujían. A mi lado, Gabriella permanecía encogida contra la puerta, con la mirada de porcelana completamente perdida en la neblina del parabrisas y la mejilla izquierda —esa que mi propia mano de roca había encendido hacía menos de una hora— cubierta por un tono purpúreo que me revolvía el estómago cada vez que el reflejo de las farolas la iluminaba.No había lágrimas en su rostro ahora. Había algo peor: una rigidez cadavérica, una desconexión absoluta del mundo. Era el vacío de quien sabe que está a punto de perder el único hilo que la ata a la cordura.Cuando los neumáticos chirriaron en el aparcamiento de ur
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