Los últimos días habían dejado un peso en la casa que Beck no podía sacudirse. Myla se movía por los pasillos como una sombra, más callada de lo habitual, sus sonrisas más suaves, más débiles, como si costaran esfuerzo. Y Hayden... joder, Hayden no había sido él mismo en absoluto desde que la alarma sonó aquella noche. Estaba presente, sí, pero distante de una manera que raspaba a Beck por dentro.Beck odiaba el silencio. Odiaba la tensión aún más. Así que cuando entró en la cocina esa tarde y encontró a Myla midiendo café en la cafetera, se deslizó detrás de ella, enganchó el dedo en la tira de su delantal y tiró suavemente."Cariño," dijo con tono lento cerca de su oído. "Si sigues frunciéndole el ceño a los granos de café así, los vas a asustar hasta hacerlos comportarse bien."Ella esbozó media sonrisa, rápida, casi educada, y volvió a su tarea.Beck insistió, deslizando harina del mostrador a su pulgar y pasándosela por la mejilla. "Ahí está," dijo, sonriendo. "Perfecto. Ahora pa
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