—Te escupo. Eres tú quien es sucio, y aun así te atreves a culpar a mi hija. Steven, no tienes vergüenza —espetó Melinda con frialdad—. Escúchame bien: divórciate de ella como corresponde y lárgate de Reed Corp. Por los viejos tiempos, podría dejarlo pasar esta vez. Pero si sigues molestándola, no me culpes por ser despiadada.—Je.Steven soltó una risa baja, extraña, inquietante.Toda la agitación de su rostro desapareció.Se recostó con pereza en el sofá, alzando la mirada hacia las personas en el piso de arriba. Sus ojos eran oscuros, pesados, llenos de presión—no la dominancia instintiva de un lobo, sino algo más frío, m&aac
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