UDEN. CAPÍTULO 34. Una mesa de apuestas
Al día siguiente volaron hacia Montecarlo, y aunque el trayecto no fue especialmente largo, Camila tuvo la sensación de estar entrando en un lugar distinto incluso antes de aterrizar, como si todo lo que venían arrastrando se hubiera quedado atrás por un momento y lo que se abría delante fuera otra etapa más brillante, más peligrosa y, sobre todo, más difícil de ignorar.La ciudad los recibió con ese aire lujoso que parecía diseñado para impresionar incluso a quien ya lo había visto todo, con calles limpias, edificios elegantes y un movimiento constante que no era caótico, sino medido, casi coreografiado, como si cada persona supiera exactamente dónde debía estar.Pasaron el día recorriendo la ciudad, deteniéndose en cafés, caminando junto al puerto y observando los yates que parecían más ciudades flotantes que embarcaciones, y aunque Camila intentó mantener la cabeza fría, no pudo evitar dejarse llevar por el ambiente, porque había algo en ese lugar que invitaba a bajar la guardia au
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