Había pasado un tiempo desde el nacimiento de los mellizos. La vida en aquel mundo parecía haber encontrado su cauce; Alessandra y Dylan eran felices, y Bruno, tras mucha paciencia y honestidad, había logrado que Rocío volviera a confiar en él, aunque el secreto de su origen seguía siendo una sombra silenciosa.Una noche, mientras Bruno caminaba solo por el mismo parque donde todo empezó, el aire se volvió gélido y una luz familiar descendió frente a él.— Tu misión ha terminado, Bruno —dijo el Ángel con una solemnidad que hizo que el corazón de Bruno se detuviera.— ¡Ohm! ¡Me asustaste! —respondió Bruno, tratando de sonreír—. ¿Terminado? ¿Eso significa que ya no tengo que preocuparme por Aless?— Ella está a salvo, sus hijos están sanos y tú has aprendido el valor del sacrificio —el Ángel dio un paso hacia él, su presencia iluminaba los árboles—. Pero como este no es tu mundo, debo ofrecerte el regalo final por haber cumplido con creces.— ¿Un regalo? ¿De qué hablas? —preguntó Bruno
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