Íker Denaro—No lo vuelvas a decir —imploré—. No digas eso jamás; nosotros no somos un error, en ningún momento. —La cubrí con mis brazos, no la dejé ir, aunque sabía que tendría que hacerlo ahora o en un rato más—. Por favor, solo hablemos.—Está bien, me quedo, solo al desayuno —respondió sin mirarme a los ojos—; pero, por favor, suéltame.La dejé ir y, mientras terminaba de vestirme, mi móvil sonó. Contesté de inmediato; mi padre, por primera vez en años, estaba gritándome al otro lado de la línea, exigiendo mi presencia de inmediato. No sabía qué sucedía y hablé firmemente con él.—Hijo, no estoy molesto, no es sobre nuestras empresas y lo que anoche hiciste —él ya lo sabía—. Milenka está aquí, exige verte; viajó toda la noche desde Italia hasta aquí. —Maldición, maldición, maldición, mi mente gritaba.—Dile que estoy en mi casa, que llegaré en un par de horas; invéntale algo sobre el desfase horario o solo dile que recién estoy despertando. —Susurró un «sí» y escuché de fondo la v
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