En el chalet de Julio, se asomó al balcón y encendió un cigarrillo. No era un fumador habitual, pero en aquel momento estaba demasiado angustiado y fumar parecía ser lo único que podía hacerle sentir un poco mejor.
Mirando a Sofía, que ya se había dormido en la gran cama del dormitorio, suspiró y apagó el cigarrillo que tenía en la mano. Sentado en el borde de la cama, no pudo evitar alargar la mano y acariciarle la mejilla mientras dormía.
—Sofía, ¿de verdad vas a aceptar irte al extranjero