Cuando Antonio se fue, Mariana se quedó allí. Sintió una sensación de calor en el dorso de la mano y, cuando bajó la cabeza para mirar, se dio cuenta de que eran sus propias lágrimas.
—¿Por qué lloras? ¿Por qué tienes que llorar?—murmuró para sí misma, secándose las lágrimas de la comisura de los ojos y esbozando una sonrisa.
Aparte de su hijo, no había nada en el mundo que mereciera su atención y su energía. Bajó la cabeza y acarició su vientre.
—Bebé, a partir de ahora serás mi todo.
Ya e