CAPITULO 41

Apresurado, bajé las escaleras aguardando lo peor, pero cuando abrí aquella puerta, la visión que se formó delante de mis ojos me dejó sin aliento.

De pie, con los orbes rasados, triste y abatida, se encontraba ella y, al verme, un llanto desbordado se apoderó de su ser. Prácticamente convulsionando, se lanzó a mis brazos y se aferró a mí, que al principio la miré con confusión y, para qué mentir

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