El doctor Meneses miró a la persona que había hablado y frunció el ceño.
—¿Quién es usted?
Se sentía un tanto molesto.
No solo por la interrupción repentina y descortés, sino también por el tono acusatorio con el que había hablado.
Además, aquella persona había alzado la voz, como si temiera que los demás presentes en el salón de banquetes no pudieran escucharla.
Y, tal como había imaginado el doctor Meneses, todos a su alrededor habían oído sus palabras.
De pronto, el salón quedó en silencio y