Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlana Stewart havia acabado de se mudar para Amsterdã. Vida nova, amigos novos e colégio novo. A BHS era uma escola que apenas a Elite frequentava e sua vaga, assim como de suas amiga, havia ocupado a menor porcentagem direcionada apenas aos cotistas. Lutando contra a adaptação, ela vai conhecer Ian Norton, herdeiro das Empresas Norton, na qual tem o habito de arrancar suspiros e olhares pelos corredores luxuosos, mas ela jamais imaginaria que o menino rebelde e irresponsável tinha seus traumas e motivos.
Ler maisAzucena se despertó mucho antes de lo habitual, con el corazón agitado por la huella de una pesadilla que aún no lograba desvanecerse de su mente. El alba estaba frío, y el único sonido que la acompañaba era el canto de un ave que, cada mañana, se posaba en el mismo árbol a las afueras de la aldea de una pequeña manada nómada, de nombre “Luna Escarlata”.
Sin embargo, repentinamente, el canto se interrumpió de manera abrupta, como si algo hubiera golpeado al ave o la hubiera silenciado de improviso.
Su instinto le advirtió que algo no estaba bien. La aldea entera parecía dormir profundamente, ajena a cualquier peligro, pero Azucena se alarmó. Entonces, se levantó con cautela, descalza, y avanzó hasta la puerta de su cabaña.
Cuando la abrió, un resplandor anaranjado iluminó sus ojos. Un instante después, comprendió el horror: eran flechas encendidas cayendo sobre los techos de paja. Algunas cabañas ya comenzaban a arder, y el olor a humo le llenó la nariz.
Rápidamente, Azucena giró sobre sus talones y corrió hacia sus padres.
—¡Madre… padre… despierten! —suplicó—. ¡Rápido… por favor, despierten!
—¡Azucena! —gruñó su padre, quien era el líder de la manada Luna Escarlata—, ¿qué ocurre?
A través de la puerta abierta, su padre vio lo que ella había visto: sombras enormes cruzando la aldea, fuego trepando por los techos de paja, y lobos que no pertenecían a su manada desgarrando la carne de los suyos.
—¡Mier*da! —rugió él—. ¡Nos están atacando!
Sin perder más tiempo, se transformó en lobo.
—¡Váyanse! ¡Escóndanse en el bosque!
Azucena sintió que el corazón le saltaba en el pecho mientras su madre la jalaba de la muñeca. Pero en cuanto cruzaron el umbral de la cabaña, un cuerpo cayó frente a ellas.
Era un lobo de su manada, que llevaba su hocico abierto en un gesto congelado de dolor. La sangre se filtraba entre su pelaje, y una de sus patas estaba torcida en un ángulo imposible.
—¡No mires, Azu! —soltó la madre, tratando de taparle los ojos.
Pero era tarde. Azucena ya lo había visto todo.
Los alaridos se multiplicaron y la aldea se había convertido en un matadero. Lobos caían uno tras otro, siendo sus cuerpos desgarrados por colmillos y garras enemigas. Las cabañas ardían como antorchas gigantes, iluminando la barbarie. Cachorros eran arrancados del regazo de sus madres y lanzados sin piedad al fuego, y madres desesperadas se lanzaban tras ellos, solo para ser derribadas por garras y sus gargantas abiertas en un instante.
Entre el caos, un rugido autoritario se elevó, helando la sangre de quienes aún respiraban. De entre las sombras apareció un lobo de tamaño imponente, con su pelaje gris oscuro como la ceniza y sus ojos dorados ardiendo de odio, quien caminó entre los cuerpos como si el infierno mismo le abriese paso.
—Por fin… —expuso el Alfa Milord, rey de Asis—. Por fin ha llegado mi venganza. Este inmundo linaje, “Luna Escarlata”, desaparecerá de la faz de la tierra.
Se relamió los colmillos manchados de sangre y lanzó una carcajada que reverberó entre las cabañas en llamas.
—¡Acaben con todo lo que se mueva, excepto la loba roja! —ordenó—. ¡La loba roja es mía, así que tráiganla ante mí!
La madre de Azucena se fijó en su hija y entendió rápidamente a quién buscaba el Rey Alfa Milord: La buscaba a ella, a Azucena.
Azu era una loba roja. Al transformarse, su pelaje brillaba como fuego bajo la luna. Aunque su madre también era una loba roja, era evidente que la verdadera buscada era Azucena. Ya no era su madre quien portaba el don, sino la hija.
El don de la curación, legado ancestral, pasaba inevitablemente de madre a hija al nacer, dejando a la progenitora vacía de magia. Así, Azucena se había convertido en la nueva portadora.
De pronto, el rugido del líder —el padre de Azucena— se escuchó entre los choques de colmillos y huesos. Luchaba con la fuerza de la desesperación, despedazando a los intrusos, resistiendo a pesar de estar superado en número. La tierra estaba teñida de sangre, y los cuerpos de sus guerreros caían uno tras otro.
Entonces, el Alfa Milord emergió entre las llamas como una bestia nacida del odio, con la intención de unirse a la batalla.
—Líder Shaffer… —pronunció Milord—. Por fin pagarás la deuda de sangre.
Shaffer le gruñó con fuerza.
—¡Cómo osas meterte con mi familia, con mi manada! —exclamó.
Milord chasqueó la lengua.
—Qué descaro el tuyo, ¿te atreves a tutearme? Soy “Alfa Milord” para ti, maldito perro —siseó.
—Este lugar no es Asis, y tú no eres mi rey, mucho menos te reconozco como Alfa —declaró Shaffer.
Milord soltó una carcajada oscura, que erizó la piel de quienes la escucharon.
—Tu orgullo no te servirá de nada, Shaffer. Así como tus padres arrancaron la vida de los míos, hoy yo arrancaré la vida de toda tu insignificante manada.
—¡Tus padres eran cazadores de elfos! —respondió el líder—. ¡Los míos solo intentaban protegerlos de la barbarie de esos tiranos que se hacían llamar reyes!
—¡Tus padres no tenían ningún derecho a interponerse en lo que hacían los míos! —bramó Milord—. ¡Ustedes no son más que una manada de despreciables perros errantes, sin tierra ni lugar al que pertenecer! ¡Luna Escarlata nunca debió existir, y yo me encargaré de borrar ese error de la faz del mundo!
Sin más palabras, se lanzaron el uno contra el otro. Shaffer logró morder a Milord, arrancándole un jirón de carne, provocando un gruñido de dolor. Pero Milord era más grande, más joven, y más fuerte.
Con un zarpazo devastador, abrió una herida profunda en el costado del líder. La sangre brotó caliente, empapando la tierra. Otro ataque, otra mordida, y la fuerza de Shaffer empezó a flaquear, en lo que Azucena miraba paralizada desde su escondite parcial tras un madero caído.
Entonces, el golpe final.
Milord se abalanzó sobre Shaffer y, con las fauces abiertas, le mordió el cuello con una fuerza brutal. El crujido de los huesos quebrándose resonó por encima del rugido del fuego. La sangre brotó en un chorro que manchó el hocico del asesino, y con un movimiento definitivo, le rompió el cuello.
Azucena casi dejó escapar un grito, pero no debía. Su madre, por su parte, vio cómo habían acabado con su pareja, así que entendió que era el fin de Luna Escarlata. Por tanto, no podían seguir escondiéndose. Tenían que huir lo más lejos posible.
Pero antes de que dieran un paso, lobos enemigos las rodearon. La madre tomó su forma de loba roja, erizando el pelaje y gruñendo como una bestia acorralada. Saltó sobre el primer enemigo y le hundió los colmillos en el cuello, pero otro lobo la embistió por el flanco.
Azucena solo vio un destello de garras, y luego el cuerpo de su madre cayó sin vida, con la sangre tiñendo su pelaje rojo.
Un chillido ahogado se escapó de su garganta. Ella intentó correr, pero unos dientes le atraparon el cabello y la arrastraron por la tierra.
Cuando la alzaron, jadeando, su mirada se cruzó con la de Milord.
El Alfa asesino la observó como si ya fuera de su propiedad y una sonrisa torcida se dibujó en su hocico ensangrentado.
—Así que tú eres… la loba roja. Qué hermosa eres… —expresó—. Serás una excelente adquisición.
Milord había acabado con toda la manada de Azucena. Habían sido borrados de la faz de la tierra, pero a ella no la mató, pues su don de la curación la hacía demasiado valiosa para ser sacrificada.
Por esa razón, cuando su venganza bañó en sangre a la manada de Azucena, no desperdició a la última loba roja. No era compasión, era ambición. Él deseaba aquel poder para sí mismo, para su gloria.
El Alfa gris deseaba una hija suya, una cachorra que heredara el don de la curación, un arma viviente que pudiera moldear a su antojo, un títere que asegurara su poder durante generaciones.
Para lograrlo, la llevó a su reino “Asis”, y la mantuvo como su esclava y amante forzada. Ella no era su pareja oficial ni su hembra reconocida ante el reino. Sin embargo, todos sabían que Azucena era su juguete, su cautiva, su hembra que quizás moriría sirviendo y complaciendo a Milord hasta su último aliento. Pero solo los cercanos a Milord sabían que ella era la loba roja.
Cada noche, Milord la reclamaba como si fuese de su propiedad. No importaba si estaba cansado, eufórico, furioso o simplemente aburrido; la arrastraba a su lecho y la tomaba, con la fría intención de engendrar a una hija.
—¡Por favor, déjeme ir! —suplicó Azucena, mientras lágrimas calientes resbalaban por sus mejillas. Intentó apartarlo, arañar su piel, pero era inútil; sus manos delgadas no podían empujar aquel cuerpo que parecía una muralla.
Milord la aprisionaba contra la cama con un peso sofocante, imposible de combatir. Ella quería pelear, gritar, escapar… pero su cuerpo, más frágil que nunca, solo temblaba de impotencia.
—¡Deberías estar agradecida! —gruñó Milord, con un destello de soberbia en los ojos mientras la sujetaba con brutalidad—. No solo te dejé vivir, sino que además tienes el honor de estar con un rey como yo.
—¡Usted mató a mi manada! ¡Jamás tendrá mi aprecio!
—¡Sé que terminarás amándome algún día! Es solo cuestión de tiempo. Mientras tanto, dame lo que necesito: hijos. Eso es lo que más necesito de ti. Por otro lado, ¿por qué lloras por esa manada inútil? Sabes muy bien que solo tus padres te querían. El resto de tu manada te odiaba, porque posees el don prohibido. Ese don solo pertenece a los elfos, pero tú, nacida de una generación mestiza e impura entre un elfo y una loba, llevas dentro de ti un poder que tu manada siempre detestó. Te temían, te despreciaban. No te veían como alguien especial, sino como una constante amenaza.
Azucena dejó de forcejear en ese momento, sintiendo una punzada en el techo, pues era verdad. Su manada siempre la despreció.
—No puedes negarlo, sabes que es la realidad —agregó Milord, dándose cuenta de que la había vulnerabilizado—. Y no solo tu manada te despreciaba, el mundo entero cree que eres solo un símbolo de caos, un error de la naturaleza, una aberración de la creación. Tú jamás debiste existir, loba roja. Tu don no te hace especial, es tu sangre la que habla por ti. Tu sangre está contaminada, y por esa razón, no tienes lugar en este mundo.
De pronto, se asomó a su oído.
—Te hice un favor, mi hermosa loba —finalizó con frialdad—. Olvída a tu manada, olvida a todos. Desde ahora, solo vivirás para servirme. Así que ámame, ámame o tu vida se convertirá en un infierno.
O refeitório como sempre estava cheio de estudantes, todos divididos em seus grupos, suas panelinhas de amigos, separados basicamente por suas classes sociais, do que por qualquer outra coisa, como gosto por exemplo.Naquele dia, porém, havia algo de diferente do costume. Lisandra. A garota sempre muito animada, sempre falante com todos e sobre tudo estava completamente quieta, sentada em uma cadeira com os braços cruzados sob a mesa e a cabeça pousando nos mesmos. Cassandra que ria das palhaçadas de Lion Trozen, observou a amiga sentada e suspirou. Deixou Lee entreter – ou seria irritar? – Nathan e foi ter com Lisandra, sentando-se ao seu lado.— Então, quando vai me contar o que aconteceu? — perguntou a rosada, olhando para a amiga com um sorriso. Lisandra suspirou, desviando os olhos da mesa da Trindade e focando-se em Cassandra.&mdas
Seus olhos observam o céu sem grande atenção, na verdade a atenção era quase nula. Estava aérea, sua mente estava. Estava completamente longe dali, estava mergulhada no próprio mar de preocupações e tristeza.— Então, quando você vai me contar o que está acontecendo? — a voz lhe era familiar, muito mesmo, mas Alana não reconheceu de fato o dono até olhar-lo. Sorriu fracamente.— Olá, Simon. — cumprimentou-o sem muita animação, mas com um sorriso amigável.O moreno abriu-lhe um sorriso branco, cheio de dentes, como sempre muito animado. Ele puxou uma cadeira e sentou-se ao lado da Steawart que não fez menção de contestá-lo por mais que desejasse ficar só.— Como me encontrou aqui? — questionou ela
Caminhava com passos lentos, quase cautelosos pelo corredor. Os livros segurados com força contra o peito, os olhos baixos, fixos nos próprios pés, e o pensamento longe. Não acreditava que já era segunda; o final de semana havia passado tão rápido. Suspirou. Tão rápido e tão cheio de dúvidas e preocupações; idênticas as que dominavam seus pensamentos naquele momento.Não conseguia parar de pensar em toda aquela situação e em Eva. Como estaria a irmã naquele momento? Estaria bem com a senhora Loren? Estaria chorando como havia feito em praticamente todo o final de semana?Alana mordeu o lábio inferior com força, chegando quase a tirar um filete de sangue dali. O coração palpitava rápido, forte a cada instante em seu peito. Eram tantas as preocupa&c
— Au. — Ian reclamou ao sentir o gelo pressionado em suas costelas com força. — Qual o problema de vocês? Não sabem ser delicadas não?Lisandra rolou os olhos para ele.— Cala a boca. — resmungou a Sheroman, os olhos fixos no corredor em que Alana havia desaparecido de seu campo de visão já a bons minutos com a irmã caçula. — O que será que estão conversando?— Quem se importa? — David deu de ombros. Lisandra, Cassandra e Ian o encararam. As garotas com olhos ferozes, e Ian apenas com os olhos estreitos. — O que foi? Ela não significa nada para mim mesmo, não somos próximos. — se justificou o Deeper.— E desde quando isso é motivo pra ser um insensível de merda? — Cassandra perguntou com raiva, ainda andando de um l
Talvez fosse um pesadelo. Era o que ela desejava pelo menos. Um pesadelo; pois por pior que fosse, ela acordaria no final. Mas não era. E ainda que não quisesse crer, ela sabia disso.“Papai foi embora.” – as palavras da irmã caçula se repetiram em seu sua cabeça.“Como pode, pai?” – foi a resposta que a mente de Alana produziu, mas que não lhe escapou pelos lábios.Nenhuma palavra. Nenhuma lágrima. Ela não conseguia fazer nada que não fosse abraçar a irmã que chorava em seus braços, e sentir o calor de Ian em suas costas; ele a mantinha a pé, estava servindo de apoio a ela, assim como ela estava servindo de apoio a irmã.— O que vamos fazer? — a menina perguntou ainda com os olhos banhados por lágrimas gros
— Sem empregadas. — Ian torceu os lábios. — Sem frigobar...— Me sinto claustrofóbica nesse cubículo.— Lisandra! — Cassandra repreendeu. — Até você? — A Sheroman riu.— Mas é verdade, amiga! Eu não conseguiria viver uma hora aqui, não sei como vocês conseguem.— Bom, nem todos são podres de ricos como vocês. Nem todos podem morar em mansões, ter carros super potentes ou essas coisas. — disse Alana, voltando da cozinha com gelo enrolado num pano de prato.— Verdade. — os três membros da Trindade disseram juntos, orgulhosos; fazendo Lisandra rir enquanto as outras duas reviravam os olhos.Com exceção de David e Vincent, todos trocaram sorrisos levemente diver





Último capítulo