La cara de Ricardo, que reflejaba asombro al principio, ahora reflejaba una evidente desilusión. Obviamente lo noté y pensé que mi gran problema era mi horrible rostro que empobrecía hasta la más fina ropa.
―¿Qué pasa? ¿Luzco ridícula verdad? La mona, aunque se vista de seda, mona se queda… —aseguré, esperando su confirmación.
―No es eso… Es que todo debe ir en juego ¿entiendes? También el maquillaje y el peinado… ¿Qué haremos? Tenemos muy poco tiempo para que te cambies de nuevo o visitemos el