—¿Y a mí por qué? —protestó Kainn.
—¡Pues por no decirme nada de que tu hermano esta impot... impedido!
Las carcajadas fueron generales y tanto la señora Barbara como su esposo parecían las personas más dulces y más locas del mundo.
—¡Quítense, quítense! Si nadie va a saludar a mi cuñadita, ya vo