Les habían quitado las vendas de los ojos. Ahora estaban frente a la casa de Recson.
No llevaban nada encima, excepto la ropa costosa que les habían dado. Sin teléfonos, sin medios de transporte, sin licencia, sin equipaje. Recson suspiró mientras los hacía pasar a todos a la casa.
Todos se sentaron en la sala de estar y un espeso silencio llenó el ambiente.
Hasta que Anna se puso de pie.
—Escuchen, es verdad, la cagamos. Pero lo hicimos porque ese bastardo nos engañó. Nos manipuló. Pero aunque