Mateo permaneció congelado en el centro de la oficina, con su mandíbula floja y sus rasgos contraídos en un gris enfermizo y translúcido. El silencio absoluto en la habitación era asfixiante, roto solo por el zumbido silencioso del aire acondicionado. Me miró fijamente mientras yo me sentaba cómodamente en el imponente sillón de Alejandro, con sus ojos pasando de mi sonrisa serena a la figura enorme e imponente de su jefe multimillonario parado justo detrás de mí.
"C-Camila... lo siento mucho,"