El viaje había sido algo cansado; fueron un poco más de once horas de vuelo. Pero para ella, aquellas horas junto a Alexander eran las mejores. Aún no creía en lo sucedido en Italia; de solo recordarlo, le parecía un sueño sacado de las novelas dramáticas de esas que su madre veía emocionada por las noches al llegar de su trabajo.
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La fría brisa marina era mitigada por el sol de mediodía. Se detuvieron porque la pequeña Luna quería un helado.
—Noa.
—¿Sí? —respondió ella, volviendo la vista a