—Derek no volvió a casa esa noche. Miré el techo de la habitación hasta el amanecer, los ojos ardientes de contener el llanto. Cada crujido del suelo en el pasillo me hacía albergar esperanza: quizá había vuelto, quizá recordaba su promesa. Pero no, no regresó.Ya sabía dónde estaba: en los brazos de Anita, la ropa interior mojada sobre el escritorio, el mensaje en mitad de la noche. Todas las pistas apuntaban a la misma conclusión: fui una tonta por creerle una vez más.A las siete de la mañana, por fin me levanté. Mi cuerpo pesaba como si mil piedras me oprimieran. Me duché con agua caliente, intentando lavar la vergüenza y el dolor que se adherían a mi piel. Frente al espejo, observé mi cuerpo regordete: los pliegues del vientre, los muslos anchos, los brazos gruesos. Giré, me evalué desde todos los ángulos, y las lágrimas volvieron a caer.Es mi culpa. Si fuera delgada, si fuera tan hermosa como Anita, Derek no se habría ido. No habría buscado placer en otra mujer.Tomé la toalla,
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