Cassian despertó con el frío mordisco del metal contra sus muñecas y tobillos. Su cabeza descansaba pesadamente sobre la almohada, parpadeando contra la luz de la mañana, mientras sus manos tiraban de las cadenas. El pánico subió por su pecho antes de que su mente pudiera procesarlo: estaba encadenado a la cama.El suave clic de la puerta al abrirse lo hizo quedarse congelado. Azriel y Orion entraron, llevando una bandeja con el desayuno. Los gemelos se movían con sigilo, sonriendo, y colocaron la comida con cuidado a su lado. Sus ojos nunca se apartaron de él.—¿Qué… qué significa esto? —exigió Cassian, con la voz ronca por el sueño y la agitación.Azriel sonrió levemente, inclinando la bandeja. —Solo salimos a prepararte el desayuno —dijo, calmado, casi casual.—Sé que preparasteis el desayuno, lo veo, pero… —gruñó Cassian, forcejeando con más fuerza contra las cadenas—. ¿Por qué estoy encadenado a la cama? Mis piernas, mis manos… ¿por qué?Orion se arrodilló a su lado y le apartó
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