RileyEs domingo, 4:47 p.m.El último día del Prayer Festival. Todo el mundo estaba o en éxtasis, completamente borracho o salvaje. El bajo del escenario principal era algo vivo: retumbaba a través del suelo, subía por mis piernas y entraba en mi pecho como un segundo latido.Llevaba horas aguantándome, y no solo pis. Era ese tipo de necesidad que hace que aprietes los muslos y se te contraiga el estómago. Esperé demasiado porque las filas eran una locura y, estúpidamente, preferí seguir bailando en vez de planear. Ahora era una emergencia total.Me abrí paso entre la multitud, pieles pegajosas rozando la mía, un codo clavándose en mis costillas, una chica gritando la letra de la canción en la cara de su amiga. Mi top de tirantes se pegaba a mi espalda, el sudor corría entre mis pechos y bajaba por mi columna. Mis shorts de denim estaban húmedos en la cintura.Por fin llegué frente al pueblo de baños portátiles. Una cuadrícula de unidades de plástico azul, la mitad marcadas con “OU
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