AmeliaCuando entré en la sala de juntas, ya estaba llena de gente. Pero incluso con todos esos cuerpos, la sala se sentía vacía. Miré a mi alrededor y noté algo extraño: nadie me miraba. Sus ojos evitaban los míos, y sus rostros estaban tensos y serios.Eran los mismos hombres y mujeres que me habían visto crecer en esta empresa, que me habían acompañado en cada etapa de mi vida. Y, sin embargo, ahora parecían desconocidos, sentados rígidamente en sus sillas, con las carpetas cerradas y los brazos cruzados, como si se guardaran algo. No hubo charlas intrascendentes, ni saludos amistosos, ni siquiera una sonrisa.Mi padre se sentó a mi lado, con la mandíbula y los hombros tensos. Era su primera reunión de junta en años, desde que se jubiló, y podía sentir el peso del momento sobre él.Apenas me había acomodado del todo en mi silla cuando un agudo carraspeo rompió el silencio. Todas las miradas se volvieron hacia el sonido, y sentí un nudo en el estómago. “Comencemos”, dijo el Sr. Har
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