Una amistad inigualable (parte2)

Era como si de repente la Xem jovial e infantil se hubiera perdido, desaparecido, siendo reemplazada por una diferente, una Xem cruel y vengativa.

-Piensas vengarte, te entiendo pero ¿por qué no lo hiciste antes? -le pregunté mientras ella retornaba a su forma de chica.

-No sé, no había tenido oportunidad de volver, cuando salí huyendo sólo pensaba en ir lo más lejos posible. De hecho no había pensado en ello desde hace mucho y recién ahora siento ese deseo de... de…

La conversación estaba atemorizadora, no quería seguir hablando sobre el mismo tema.

-¿Estás segura? No es necesario que lo hagas -expresé.

-Pero debo… -insistió.

-No, no debes. Escucha, un acto de venganza en contra de la humanidad comprometió a todos los seres vivientes de mi planeta -argumenté-. Ya te lo conté. Soy lo único que queda de él a excepción de sus escombros. No permitas que algo tan nocivo como la ira logre consumirte, porque te hará más daño del que puedas causar.

Aunque quizá esas bestias merecerían sufrir, no quería ver a Xem ensañarse con ellos, como siento que lo hizo aquel que acabó con la Tierra. 

-Entiendo, tienes razón -se resignó.

Obviamente recordar esos sucesos avivó la furia que sintió entonces, y sosegar su ira era mi mejor opción.

-Pero entiende que si lo hago es por necesidad -añadió.

En ese caso no me oponía. Acepté y no hubo palabras por un momento. Sólo en ese breve silencio noté que ya estábamos dentro del lugar que Xem antes señaló. Los árboles de ramas caídas eran notablemente más altos que los otros, gran cantidad de sus hojas yacían en el suelo, ya marchitas, entre su numerosos grupos de hojas sobresalía una flor roja de cuatro pétalos y perfume suave.

No había indicio alguno de la presencia de bestias peligrosas, que era lo que esperaba. Me preguntaba si me servirían las habilidades militares que había adquirido en una de las mejores etapas de mi vida.

Aunque aún no era necesaria tomé la ballesta que estaba atada a la mochila con una cuerda (hasta entonces la había dejado guardada en mi habitación). El prolongado cuchillo colgaba de mi cintura en su vaina de cuero y la daga estaba en mi pantalón. La pregunta recurrente era: ¿Resultarán útiles? Bueno, una parte de mí quería averiguarlo, pero la otra parte no quería que tal situación se diera, pero de este conflicto mental no supe más cuando...

-Allá están -anunció Xem señalando un punto a lo lejos.

-¿Dónde? -pregunté casi susurrando pero Xem no me escuchó.

-Los voy a quitar del camino... -me avisó y de repente estaba tomando la forma de un gorila desmesurado de seis extremidades-. Busca un escondite -me sugirió sin ni siquiera mirarme.

Y ahí estaba ella, intrépida, avanzando hacia ellos, y entonces los vi: iguales a la imagen que Xem me dio de ellos con la única excepción de que su color era cobrizo; tenían el tamaño de un asno. Sentí angustia inmediata, miedo y un impulso de huir.

En lugar de eso me quedé ahí viendo como Xem arremetía contra gran parte del frente,  quienes en vano embistieron por igual. Los aplastaba, los golpeaba y los agarraba para lanzarlos a los otros que de la nada aparecían. Ni uno se le escapaba, y yo estaba inmóvil, pasmado.

De pronto se aglomeraron más y más; Xem, rauda e implacable, los derribaba con brutalidad. Algunos se volvían a leva ntar para volver a embestir o morder, y otros, exánimes, se resignaban a quedar tendidos en el suelo.

El estrépito de gruñidos y alaridos hacía repercusión en los confines del bosque.

Yo apuntaba la ballesta cargada hacia la pelea esperando un blanco, cuando al fin obtuve la atención de uno de ellos. Empezó a correr hacia mí, exhibiendo sus numerosos colmillos. No lo dudé ni un segundo, disparé la flecha directo a sus fauces con precisión. Hizo ruidos extraños con los que atrajo la atención de otros más antes de caer.

Como sólo tenía un objetivo, lo único que debía hacer era abrirme paso hasta un lugar seguro, esperar a Xem y llegar a nuestro destino; no tenía que luchar.

Caminé despacio, con la ballesta en alto y saqué además el cuchillo. Con la misma puntería de antes acerté más flechas; unas caían en ojos, otras en bocas. Descubrí que eran los únicos puntos débiles, porque las flechas nunca penetraron en una parte diferente de sus rocosos cuerpos.

Conforme seguía disparando, continuaban llegando más y más. Ahí se me acabaron las flechas y solté la ballesta, sosteniendo en alto el cuchillo. Otro grupo se acercaba en estampida y en ellos vi mi derrota, pero tenía la determinación de no ceder fácilmente, de pelear hasta no poder.

Caminé despacio hacia ellos, los veía venir en cámara lenta. No tuve tiempo de planear; el arma blanca debía de ser hundida en los ojos y sólo en los ojos, en cualquier otra parte sería inútil. Había también otro factor, ignorado hasta el momento: el brazo biónico, podría usarlo y, en combinación con el cuchillo, tendría una táctica para actuar.

Ya tenía al primero a poca distancia. Llevé mi puño falso con toda la fuerza posible hacia su cabeza, produjo un ruido seco, dio una señal de aturdimiento y de remate le clavé el cuchillo en uno de sus ojos.

No supe si cayó o no, estaba concentrado en no perder el ritmo de los movimientos. Seguí así, poniendo el peso de todo el cuerpo en el giro del torso al dar el puñetazo, golpeaba con mucha fuerza sus cráneos, no parecía factible que dichos golpes fueran contundentes en sus pieles rígidas pero lo eran. Aprovechaba los pocos segundos de desorientación para introducir la hoja afilada en sus ojos, pero no perdía tiempo y repetía la maniobra con el siguiente y el siguiente. Fue así con los seis primeros; iba contento, confiado, con la ridícula idea de que podía continuar así indefinidamente.

Pero mi momento más glorioso llegó a su fin cuando al acercarse el séptimo e intenté propinarle el golpe, este, al alzar la cabeza y abrir la boca simultáneamente esquivó mi puño y rápidamente me mordió el antebrazo. No tuve tiempo para reaccionar porque enseguida comenzó a tirar de mí, apoyado por la fuerza de todas sus extremidades, además las violentas sacudidas de su cabeza, que por ende me agitaban a mí, no me dejaron atacar con el cuchillo.

Me estaba arrastrando, en realidad tenía bastante fuerza, lo que era muy admirable. Pero estaba en un aprieto y debía escapar como sea posible antes de convertirme en menú. Los comensales se acercaban, yo estaba aterrado, resignado.

Aunque era jalado hacia no sabía dónde, no dejé de asir el cuchillo. Desesperado ya por la situación, tuve que improvisar. Así se me ocurrió levantarme del suelo por el que era arrastrado, con toda la fuerza del brazo, y con coraje llevé el cuchillo hacia sus ojos. Las sacudidas cesaron, me soltó y caí de bruces, aliviado.

Fue infinitesimal el tiempo en que pude saborear esa sensación. Me levanté de inmediato sólo para ver a otros tantos de esos exasperantes seres acercarse (creo que estaban regresando al lugar de donde salieron antes de notar que yo ya no estaba en su poder). En ese momento caminaban, tal vez temían por saber lo que les podría pasar.

Y ahí se manifestó una pizca de esperanza: ya no eran los muchos que vi al principio, sino que veía el final del grupo a lo lejos, tras el último después de unos veinte o veinticinco, un paso libre; sólo debía correr con habilidad entre ellos, esquivando sus cuernos y colmillos, y atacar sólo si era necesario.

No pude ver a Xem; ella fue la que logró aminorar la cantidad de ellos, dejando sus cuerpos inertes esparcidos en el lugar, quizá continuó desatando su furia contra ellos a más no poder.

Dejé de cavilar y comencé a correr tan rápido como podía; evitaba sus cuernos, sus bocas cerrándose a pocos centímetros de mí, salté a unos cuantos, daba giros repentinos, rodé por el suelo para ver a otro más enfrente obligándome a saltar hacia un lado y seguir corriendo. Eran lentos cuando giraban para correr y perseguirme, aunque seguramente no dejarían de hacerlo.

Había pasado con éxito entre casi todos, restaban unos cinco o seis. El que estaba enfrente me golpeó un costado, aunque no muy duro; el siguiente rozó mi brazo con sus dientes.

Más movimientos evasivos, más triunfalismo, hasta que llegué ante el penúltimo que venía hacia mí con intención de embestir; como estaba cerca de perderlos se me ocurrió algo divertido: salté hacia delante con el puño a la altura del hombro, listo para dar el puñetazo más épico que haya dado, doy el golpe estando aún en el aire y acierto en un lado de su cabeza dura, el golpe resuena y él se tambalea.

Caigo e instantáneamente me levanto para eludir al último. Otro brevísimo rato de felicidad antes de otra desgracia. Apenas avancé apresuradamente un par de metros cuando, inesperadamente, apareció uno de ellos y me agredió. Me golpeó en un costado, me lanzó al aire durante unos segundos y caí al suelo, al mismo tiempo perdí todo rastro de esperanza.

El monstruo que me derribó se acercó a mí con cautela, oía su respiración. Yo, exhausto, no sabía ni qué pensar, cómo huir o cómo alargar mi vida unos minutos más. Él, junto a mí, puso su pata delantera en mi brazo en señal de triunfo, presionó y tuve que retener un gemido, porque pesaba y ese peso dolía. Después de ello me echó encima su exhalación asquerosa deliberadamente, luego un estridente y ensordecedor rugido. Era una obvia exacerbación.

No era la forma de morir que hubiera preferido, y por fortuna no lo fue. Un ruido como de pasos apresurados atrajo mi atención, y también la de la bestia que ya había abierto su boca cerca de mi cara; un tenue brillo plateado se venía acercando, y la alegría y el alivio surgieron nuevamente en mí con lo que eso significaba.

Xem llegó corriendo, ya no tenía la forma de gorila ingente con la que la vi la última vez, sino que tenía la de chica, pero los brazos eran dos largas hojas de doble filo. Con ellas atravesó al monstruo que estaba por comerme, en su semblante se dibujó una sonrisa siniestra. Lo dejó caer agonizante y sin decir palabras arremetió contra el resto. Me senté para poder verla en acción.

Era realmente despiadada con ellos, avanzaba matando a diestro y siniestro. Por donde pasó quedaron unos cuantos mutilados, otros decapitados, la vi adoptar nuevamente la forma de gorila y con sus grandes extremidades golpear a unos hasta dejarlos inertes y a otros despedazar como si fueran simples trapos.

Otra vez me salvó la vida, la ira que sintió en un principio se apoderó por completo de ella. Deseé que ya hubiera acabado con todos por el simple hecho de querer volver a verla en sosiego.

Después de haber descargado con los puños a dos de los últimos y de estrellar varias veces contra el suelo al que quedó, se acercó a mí con suavidad mientras recuperaba la apariencia de mi hija, me quedó viendo con una amplia sonrisa, me ayudó a ponerme de pie y me dijo, con voz sumamente calmada:

-Vamos, no falta mucho.

Me quedé en silencio pues no tenía palabras en el momento. En lugar de entablar una conversación normal me limité a continuar caminando a su lado, mientras me guiaba, como si nada hubiera ocurrido.

De un momento a otro el entorno era diferente: aparecían más rocas que árboles y estos, que eran únicamente de tallos altos y hojas redondas y sin ramas, estaban en sitios alejados entre sí, de manera que no había dos juntos.

Al poco rato estábamos subiendo a una montaña por una ladera constituida únicamente por rocas losas de color pardo. Desde la cumbre ascendía un humo rosado, denso, que no se detenía hasta fundirse con las nubes y el cielo artístico, cielo en el que destacaba el enorme planeta y sus hermosos anillos.

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