Capítulo 6

Máximo

     Manejo a toda prisa hasta llegar a mi casa. Mis nudillos están blancos por la causa de la fuerza con la que aprieto el volante.

     — ¡Mujer exasperante! —grito dentro del auto golpeando al mismo tiempo el centro del volante. Pongo la clave para entrar a mi cochera privada. Y la furia no cesa. Bajo del auto cerrando la puerta con fuerza.

Me encamino al elevador privado, y sigue mi mente recreando sus últimas palabras.

     —Sus palabras.... —en la forma como lo dijo, sus labios húmedos, y el hecho de que pude ver como sus pezones estaban erectos. Niego inmediatamente borrando esa imagen de ella. La forma en la que me desafía, en su postura decidida de una guerrera enfrentándose a su enemigo. Y Dios, sí que éramos enemigos. No encontraba una verdadera razón por el cual, de nuestras actitudes, pero me aferré a la forma de su boca viperina, en hacerme quedar como un tonto delante de todos, si, aférrate a eso, Galloway.

     «Lo que menos quiero en estos momentos, es siquiera estar cerca de ti, ¿Captas?»

     Niego mientras observo los números del elevador. No entendía por qué sus palabras habían provocado...una erección. ¿Pero qué mierdas te pasa, Galloway? Cierro los ojos por unos segundos recordando la forma en que sus labios se movían... sus... ¡Basta, Galloway! ¡Eso no ayuda!

     Bajo la mirada a mis pantalones y suelto el aire bruscamente.

     —No está pasando.... ¿Qué te pasa? ¿Estás de broma, Galloway? ¡Ella no es una mujer para ti, es más si fuese la última en la lista...! ¡Ni loco! ¡Ni de coña! Es....es…es.... ¡Agrrrr! ¡Exasperante! ¡Rebelde! ¡Frívola! ¡Es una mala influencia! ¡Desafiante!

     Las puertas del elevador se abren, respiro por fin. Intento calmarme. La imagen de ella en ese pantalón negro resaltando sus curvas... —Su trasero querrás decir, Galloway. Nadie se tiene que enterar de tus pensamientos depravados. —murmuro para mi intentando bajar mi erección.

     —Llegaste...—recuerdo a la mujer que he dejado en la cama. Es Susanna, está envuelta en la sabana de la cama. — ¿A dónde fuiste? No dijiste nada después de esa llamada, y has salido como el mismo demonio despotricando—suelta mientras camina sensualmente hacía mí. Ha notado mi erección, su mano se posa por encima y lo acaricia.

     Retrocedo un paso.

     —Tus cosas están en el recibidor. Necesito que te marches, ahora. Recuerda nadie duerme en mi departamento—miro el reloj que marcan las 4:02 am.

     —Creí que nos estábamos divirtiendo... si no fuese por esa llamada...—la interrumpo.

     — ¡Maldita sea, Susanna! ¡Agarra tus cosas y te marchas! Así de fácil. ¿Qué parte de que quiere que te marches ahora no entiendes? —sus ojos se abren como si se fuesen a salir de su lugar.

     —Máximo...—susurra a punto de llorar. Pero no me importa, ella sabe en lo que se estaba metiendo. La esquivo para ir a mi habitación, necesito cambiarme de ropa para descargar esta furia en el gimnasio.

     —Llamaré a Edison para que te lleve, ¡Ahora! —grito mientras subo las escaleras en grandes zancadas.

     Hago una llamada y no vuelvo a ver a Susanna. No me interesa para nada si realmente decide regresar o no. Yo decido si la quiero en mi cama o no. No ella. Nunca sucederá lo contrario. Primero comienzo a correr en la caminadora, lo máximo hasta que las piernas empiezan a doler. Me detengo y cuando miro el reloj, 6:20 am. Me paso al saco de boxeo, y comienzo a golpearlo con fuerza.

     — ¿Qué-te-pasa? —suelto cada palabra con el golpe. Termino agotado y en la cama sin la ira que me estaba consumiendo hace horas.

Lunes por la mañana.

     Había cancelado el mismo sábado la reunión con Amber, tenía que esperar que las cosas se calmaran. Y la reunión era hoy.

     El teléfono suena.

     —Señor Galloway, su reunión de las nueve ha llegado—Amber Clarke.

     —Sala de juntas—informo. No la quiero en mi oficina. Entro a la sala de juntas, y ahí está la mujer que hizo de mi vida un total infierno.    Está de pie, cruzada de brazos mirando a través del gran ventanal que daba a un panorámico paisaje de la ciudad matutina de Los Ángeles. Se gira hacia mí al escuchar mi carraspeo con mi garganta. Es alta, elegante, su impecable pelo largo y negro, pero tenía una mente desquiciante y depravada. ¿Existirá el día que salga por completo de mi vida? ¿De nuestras vidas?

     «Calma, Galloway. Un día...»

     —Amber—suelto lo más frío posible. Le hago señas de que tome asiento en el otro extremo de la mesa. No la quiero cerca de mí.

     —Máximo, te he llamado y no has...—la interrumpo bruscamente ya irritado.

     —Negocios, Amber. Solo negocios. No me interesa ningún tema que no sea negocios. ¿Tienes algún adelanto de todos los millones que se te ha prestado? —palidece. Toma asiento del extremo contrario donde estoy, tiene la intención de acercarse, pero niego rotundamente, se rinde tomando la silla.

     —Máximo, me han robado en París. Y... —vuelvo a interrumpir.

     —Amber, vuelvo a preguntarte: ¿Tienes algún adelanto de los millones que se te ha prestado? —no dice nada. Después de unos segundos niega lentamente.

     Me pongo de pie bruscamente lanzando la silla a mi espalda contra la pared y salgo de la sala de juntas. Escucho llamarme a gritos, pero mientras no tenga parte del dinero, o el dinero completo que se le ha prestado, simplemente no la quiero ver.

     «Contrólate»

     Subo a la azotea, necesito tranquilizarme. Este lugar es mi espacio personal para poder respirar de mis problemas. Había puesto una banca y varias macetas con árboles. Contemplo los edificios frente a mí. Cierro los ojos empapándome del ruido del tráfico, el aire, y el sol que está demasiado agradable.

     —Como quisiera un cigarro en estos momentos...—murmuro para mí. Recuerdo mis tiempos de la facultad, pero no quería por nada del mundo retomar ese mal hábito. No, no regreses a ese Máximo.

     Escucho unos pasos a mí alrededor, de hecho, son el «Clap. Clap. Clap.» de unas zapatillas. Me vuelvo de mi lugar para buscar de donde provienen.

     «Abby»

     —Mierda. —murmuro levantándome de mi lugar. Está enfundada en una falda de tubo color gris que resaltaba su trasero, camisa blanca y su cabello recogido en un moño perfecto en su nuca. Y sin duda las zapatillas de algún diseñador de marca importante. Cree que no la he visto e intenta escabullirse hacia la puerta.

     — ¿Qué hace aquí, Benson? —se detiene con la mano en el picaporte de la puerta. — ¿Sabes leer? El letrero dice claramente que solo con autorización pueden subir aquí, «directora de finanzas»—suelto fríamente mientras mis manos entran a mis bolsillos del pantalón. Es notable mi mal humor.

     Se vuelve hacia mí lentamente, puedo notar como levanta esa barbilla desafiante, sé que dirá algo al estilo Benson para salir de esta, y no lo dudo, siempre tiene hace uso de palabras inteligentes cargadas de rebeldía y frustrantes.

     —No sabía que tenía que pedir autorización para subir a la azotea del edificio, ¿Acaso hay un letrero que lo diga? Y si ha enviado un memorándum al personal informando, disculpe señor Galloway que no recuerde haber leído, o en sí algún correo—pone sus manos en la cadera y su mirada me mirada detenidamente esperando alguna respuesta de mi parte.

     « ¡Oh mujer, estás en el lugar y en el momento equivocado!» Me acerco a ella lo suficiente para que pueda escucharme claramente. El mal humor aumenta...

     — ¿Acaso Arthur ha contratado a alguien que no sabe leer? —atrapo de su brazo y la giro hacia el anuncio— ¿O si prefieres que ponga un letrero aparte con dibujitos para que tengas entendido en ese cerebrito tuyo que el lugar es privado y solo con autorización mía puedes subir?—intenta hablar pero no la dejo— ¡Solo vete, y que sea la última vez que te miro aquí arriba sin mi autorización!—sin querer mi voz es demasiado elevada.

     Le señalo la salida mientras suelto su codo. Me vuelvo hacia mi lugar y tomar mi asiento, pero antes quiero confirmar si se ha marchado. Pero no, sigue de pie en el mismo lugar, desafiando mi orden.

     —En primera: ¡A mí no me gritas! En segunda: No sabía que es privado y que necesitaba de una autorización para tomar el maldito aire, y tercera: ¡Ya me iba, pero tú me detuviste!

     Camino de regreso hacia ella. Estamos frente a frente, puedo ver desde aquí como su pecho sube y baja inestablemente. Tengo que bajar la mirada aún a pesar de que lleva unas zapatillas de tacón de aguja altas. Apenas roza su altura a mis hombros. Estamos demasiado alterados, frustrados, y no nos soportamos, eso está muy claro.

     «Muy claro»

     — ¿Por qué simplemente no te acercas a la puerta y desapareces? —murmuro cerca de ella.     Puedo ver el brillo de diversión en sus ojos. Y eso me enfurece. Atrapo su brazo y la arrastro a la puerta de salida.

     —Suéltame, el hecho que estés de un humor de perros, no te da el derecho de desquitarte conmigo. Desde que te vi llegar, estaba yéndome, pero tú me has detenido. — Ella agita su brazo para soltarse. Vuelvo a sentir la electricidad entre nosotros. Tiene que ser mala señal, mal augurio.

No digo nada. Me vuelvo sin mirarla, e intento calmar mi respiración que está muy agitada por la rabia. No entiendo por qué su presencia me enfurece, sumando su forma de contestar, su mirada, y su sonrisa desafiante... y esos malditos hoyuelos. Malditos hoyuelos.

     Escucho la puerta a mi espalda, y para rematar se escucha de un golpe fuerte al cerrar. Mi corazón deja de palpitar rápido. Y eso me empieza a tranquilizar.

     — ¡Mujer, mujer, mujer! —mis manos pasan por mi cabello rebelde. Intento no pensar en eso.

     «No, Galloway. No pienses.»

***

     Después del mediodía mi madre ha llamado. Ha pedido que volviera hablar con Amber, pero me niego. Le corté por primera vez la llamada, no quería pelear ahora con ella por teléfono. Sé que no puede alterarse por su corazón. Tendré que solucionar ese tema más tarde.

     A las dos empieza la última reunión del día. Esta reunión se hace cada primer día de cada mes, se reúnen todos los departamentos de Empresas Galloway. Informan todo lo que hay que saber de cada uno, desde estadísticas, gráficas, los nuevos proyectos, los nuevos y posibles contratos, los nuevos puntos de sistemas operativos, y entre otros temas más. Sofía se había esmerado en tener todo listo para empezar. Usualmente la reunión tarda dos horas, alrededor de mí se encuentran los directores, y los jefes de cada área con sus asistentes. Noto un asiento vacío. Y confirmo en segundos que falta la directora de Finanzas.

Abby Benson.

     Arrugo mi entrecejo, ella siempre es puntual. El asistente de ella, Robin Stuart, pide permiso para entrar y tomar su lugar con intención de tomar nota. Pero al cabo de unos momentos detengo la junta. Y el jefe de Marketing se queda congelado en su lugar donde está exponiendo la información de su departamento.

     —Robin. ¿Dónde está la directora de finanzas? —espeto irritado. Todos miran en otra dirección menos hacia mí. Sé que sueno de muy pero muy mal humor.

     —Ella tiene que resolver un asunto importante, me pidió que entrara en su lugar a tomar nota por unos minutos en lo que ella viene.

     El silencio reina en la sala de juntas. Llamo a Sofía y delante de todos le hago un pedido:

     —Quiero que localices a la directora de finanzas, y no me importa si es un asunto importante. ¡La quiero en la sala de juntas ahora mismo! —suelto un golpe en la superficie de la mesa, y puedo ver como todos han brincado en su lugar. — ¡Eso es una falta de profesionalismo! Nadie es indispensable en esta empresa, nadie. Cuando la encuentras dile que si no llega en cinco minutos que pase a personal a firmar su renuncia.

     —Sí señor Galloway—y desaparece a gran velocidad de la sala de juntas.

     — ¡Y va para todos! ¡Nadie es indispensable! Hay personas que darían todo por trabajar en mi empresa. Si no cuidan sus puestos, o no cumplen sus metas, otros estarían encantados de hacerlo.   —Pauso unos momentos y tomo aire para tranquilizarme—Sigue.

     Señalo al jefe de Marketing que sigue pálido en su lugar frente a todos.

     La junta no ha terminado y la directora de finanzas no ha llegado. Salgo de la sala de juntas y me acerco a Sofía que está al teléfono.

     — ¿Dónde está la directora de finanzas? ¿No la has encontrado? —apenas está enfilando las palabras para sacarlas, pero no le doy tiempo—Cuando aparezca que pase a personal y haz que firme su renuncia.

     No dejo que conteste. Regreso a la junta con un humor de perros, lo sé, ni yo podía soportarme. Después de las dos horas de la junta, entro a mi oficina, termino mis pendientes y Sofía toca la puerta.

     —Adelante.

     —Señor Galloway, tiene una llamada del señor Arturo, por su línea privada—le hago señas de que salga, solo toco el botón y pongo la llamada en altavoz mientras sigo tecleando a gran velocidad sin quitar la mirada del monitor.

     —Galloway. —contesto brusco.

     —jefe, ¿Cómo le está yendo el día de hoy? —tuerzo los labios al escuchar sarcasmo puro en sus palabras. Recuerdo lo de Abby.

     —Para la próxima deja a alguien realmente capacitado, tu apoyo con la señorita Benson...—me interrumpe.

     —Máximo Alexander Galloway, no puedo creer que tomaras mi ausencia para empezar la guerra con Abby, me ha hablado Joey de personal informando lo que has pedido. Apuesto todo lo que tengo que ni has hablado con Abby del motivo por el cual no apareció en la junta, ¿Verdad o me equivoco?

     Me quedo en silencio, deteniendo mis dedos sobre la superficie del teclado. No tengo por qué dar explicaciones de nada a nadie.

     «Tú eres el dueño de la empresa, Galloway» Lo repito varias veces como un mantra antes de romper mi caparazón de tranquilidad.

     — ¿Sabes con quien estás hablando? —El humor empeora— ¡No estás hablando con tu mejor amigo, Arturo, estás hablando con tu jefe! —grito furioso.

     — ¡Con un gilipollas es con quien estoy hablando! —grita del otro lado de la línea, no puedo tolerar que me grite, mucho menos «gilipollas»

     Aprieto mí mandíbula.

     —Cuidado a cómo te refieres a mí, Artur. Estás cruzando la línea...—suelto intimidante. Me levanto de mi lugar.

     —Te lo ganas por como actúas, maldición Galloway, podría decir que definitivamente no estás siendo profesional.

     — ¿Profesional? —Suelto una risa irónica— ¡Ella no ha llegado a la junta para representar tu área ni de la de ella, solo mandó al rubio ese que se come con la mirada al de administración! ¡Ella es la que no es profesional! Y si me vuelves a decir «gilipollas» de nuevo…—me interrumpe furioso.

     — ¿Qué vas a hacer? ¿Mandarme a firmar mi renuncia también? Por qué si es así como tomas las decisiones últimamente según el humor que te cargues, o por qué no soportas escuchar las verdades: ¡Renuncio junto con Abby!

     Siento un balde de agua fría. ¿Renunciar?

     —Te lo estás tomando muy personal...—escucho que murmura algo entre dientes.

     — ¿Personal? —espeta furioso.

     —Si.

     — ¿Personal? ¿En serio, Galloway? Cuando regrese de mis dos semanas firmaré mi renuncia. No puedo seguir soportando injusticias, malos tratos, y falta de profesionalismo de tu parte. Por si no sabías o no leíste tu correo privado, no de la empresa, el privado, teníamos una conferencia con los ejecutivos principales de Hong Kong a cierta hora de esta mañana y eso interrumpía el horario de la junta mensual por las horas de diferencia en Hong Kong. Te he mandado un correo informándote que llegaría tarde la «directora de finanzas» Abby acaba de cerrar un tercer proyecto con ellos, pero lo sabrías sí solo pusieras más atención a tu correo, Abby te iba a informar todo al finalizar tu junta de dos horas, pero no la has dejado, ya que la has llevado directamente a firmar su renuncia, así que busca una nueva DIRECTORA DE FINANZAS Y UN VICEPRESIDENTE. Buenas noches, Galloway.

     Y cuelga. 

     Me quedo mirando el teléfono y escuchando el tono de la línea en altavoz.

     —Mierda. 

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