Lucas Rafael Montenegro tenía ochenta y cuatro años y el cuerpo ya era un mapa de caminos recorridos. Sus manos temblaban al sostener la taza de té, sus pasos eran cortos y cuidadosos, y su vista era un velo borroso que solo le permitía distinguir formas y colores. Pero su mente seguía siendo un faro claro, y su corazón, un pozo profundo de gratitud y paz.
Era una mañana de septiembre de 2104. Lucas Rafael estaba sentado en el sillón de la terraza que había sido de su bisabuelo Lucas, con una